Alzola 250 años: historia del manantial vasco y su balneario
19/01/2026
En 2026, el manantial de Alzola cumple 250 años desde su descubrimiento, un hito que nos invita a mirar atrás con respeto y asombro. No se trata solo de una cifra: es el testigo silencioso de generaciones que, a lo largo de dos siglos y medio, han acudido a estas aguas en busca de alivio, descanso y sanación, pero también de una comunidad de trabajadores, médicos, propietarios, vecinos y personas anónimas que han luchado por proteger, salvar y dar a conocer este excepcional y frágil manantial de agua vasca.
La historia de Alzola es la historia de un lugar que ha sabido adaptarse: balneario, hospital, industria… y, por encima de todo, defensa y protección del manantial. Sus aguas han sido celebradas por médicos, premiadas en exposiciones internacionales, narradas en crónicas y queridas por quienes han sabido reconocer su valor. Al mismo tiempo, el balneario ha vivido la grandeza de sus épocas doradas y el dolor de momentos difíciles, como la transformación en hospital durante la Guerra Civil, el cierre de sus instalaciones en 1976 o las sucesivas inundaciones que lo han golpeado duramente.
Este artículo recorre algunos de los acontecimientos más importantes de la historia del manantial y del balneario de Alzola, como si fueran capítulos de un libro que se escribe con el paso del tiempo y que esperamos seguir dotando de muchas páginas. Un recorrido que nos recuerda el valor del agua. Permitidme, pues, que os resuma cómo han sido estos últimos doscientos cincuenta años para nuestro querido manantial de Alzola.
1776. El invierno que lo cambió todo

El origen de Alzola nace, como tantas historias que perduran, de una escena cotidiana que alguien supo observar con atención. Era el invierno de 1776 cuando, según la tradición local, el médico de Elgoibar llamado Francisco Planzón reparó en algo que desafiaba toda lógica: unos niños se bañaban en la orilla izquierda del río Deba, en plena estación invernal. El agua que brotaba en ese punto no era como la del resto del río. Era más templada, distinta. Planzón comprendió de inmediato que no se trataba de un fenómeno casual, sino de la señal inequívoca de un manantial.
Consciente de la importancia de aquel hallazgo, informó al Ayuntamiento de Elgoibar de que esas aguas que surgían en la población guipuzcoana llamada en aquel momento Alzola de Azpilcueta, podían tener un valor extraordinario. Además de ser un recurso natural que merecía ser cuidado, estudiado y preservado. Según José María Urquia Echave en su Historia de los balnearios guipuzcoanos, publicada en 1985, los primeros trabajos de cata y excavación corrieron a cargo de unos geólogos franceses.
Aquel invierno marcó el inicio de una historia que, dos siglos y medio después, sigue brotando de la tierra, como un regalo extraordinario de la naturaleza, con unas características únicas para unas aguas minerales naturales que siguen acreditando 100 % su pureza original con los más estrictos análisis del siglo XXI.
1801. 225 años de la primera Casa de Baños

Veinticinco años después del descubrimiento del manantial, en 1801 abrió sus puertas la primera Casa de Baños de AIzola, ya entonces jurisdicción de la villa de Elgoibar, se ubicaba en un ramal del camino real que unía Vergara y Deva, a la margen izquierda del río Deba. Era un edificio discreto, que sentó las bases de todo lo que vendría después, integrado en un entorno que la documentación de la época describía con montañas cercanas y vegetación abundante.
La Casa de Baños se levantó exactamente allí donde afloraba el manantial, respetando el origen del agua y su afloración natural. La Casa de Baños de Alzola contó desde sus inicios con atención médica, algo excepcional para su tiempo. El médico, aún no debía ser interino, pero con toda probabilidad residía en Elgoibar o en sus inmediaciones, para garantizar una supervisión médica continuada de los tratamientos. Iniciado el siglo XIX Alzola comenzaba a recibir a quienes buscaban alivio de sus dolencias y bienestar, guiados por la confianza en unas aguas como recurso terapéutico al servicio de la salud.
1843. Alzola agua de utilidad pública

En 1843, las aguas de Alzola dieron un paso decisivo en su historia: fueron declaradas de utilidad pública. No se trató de un gesto simbólico, sino de un reconocimiento oficial por parte de la administración a unas propiedades terapéuticas que llevaban décadas siendo conocidas y apreciadas por quienes acudían al manantial. Esta declaración situó a Alzola dentro del reducido grupo de aguas minerales cuyo valor para la salud estaba avalado institucionalmente. Parece ser que Don Pedro Manuel Atristain, alcalde de la villa de Elgoibar, impulsó el registro oficial de las aguas termales de Alzola.
1845. Registro de las aguas y organización del proyecto

El 4 de mayo de 1845 Don Pedro Manuel Atristain se ocupó de la adquisición del terreno y de la casería arruinada de Etxe Zuria (Casa blanca en euskera) –donde manaban las aguas termales del manantial-, comprándoselo a José María Hoceja y María Guadalupe Ibarra, propietarios de la finca, por la suma de 8.000 reales de vellón*. El propio Atristain fue comisionado para continuar con la dirección de la obra. Poco después, el 7 de junio de 1845, se constituyó una sociedad de particulares con aspiraciones muy modestas para el aprovechamiento de las aguas termales de Alzola. Ocho fueron los socios fundadores, todos ellos guipuzcoanos. Uno de ellos era Pedro Manuel Atristain que se encargaría de realizar la denuncia que exigía la ley y de llevar a cabo las diligencias pertinentes ante el Jefe Superior Político de la Provincia. Según recoge Carlos Larrinaga en su libro Balnearios guipuzcoanos, 1776–1901.
* 8.000 reales de 1845 equivaldrían hoy a entre 8.000 € y 16.000 € aproximadamente, según una estimación del poder adquisitivo actual.
1846. La inauguración del establecimiento de Urberoaga (Urberuaga) de Alzola

El balneario de Urberoaga de Alzola tomó su nombre de las propias aguas termales que brotaban del manantial. La denominación procede del término en euskera Ur beroa, que significa literalmente “agua caliente”, y aparece documentada en la literatura y en textos oficiales a lo largo del siglo XIX tanto como Urberoaga de Alzola como Urberuaga de Alzola, hasta el verano de 1906 que pasó a llamarse simplemente Alzola.

El 1 de abril de 1846, José María de Araquistain, Pedro Manuel de Atristain y Juan Ignacio de Iraola, vecinos respectivamente de Deva, Elgoibar y Vergara, y propietarios del establecimiento balneario de Alzola, expusieron a la Junta Suprema el resultado de los análisis de las aguas y la descripción del nuevo edificio. En ese escrito solicitaban el nombramiento de Don Gorgonio Elías de Ossoro*, médico titular de la villa de Elgoibar, como primer Médico Director del establecimiento. Dos días después, el 3 de abril de 1846, el Gobernador político de Gipuzkoa remitía a la Junta Suprema de Sanidad de Tolosa, con informe favorable, la instancia presentada por el alcalde de la villa de Elgoibar, José María de Araquistain. (Fuentes: Bibliografía Hidrológico-médica Española, 1896).
* En la mayoría de los documentos consultados aparece como Gorgonio Elías de Osoro, aunque su firma manuscrita nos hace creer que era Gorgonio Elías de Ossoro.

El 11 de junio de 1846, la Gaceta de Madrid daba cuenta de la apertura del nuevo establecimiento de los Baños Termales Gaseoso-Alcalinos de Urberoaga de Alzola con todo lujo de detalles. Situado en la orilla izquierda del río Deva y bajo la jurisdicción de la villa de Elgoibar, el balneario se presentaba como un complejo moderno, cuidadosamente diseñado para el aprovechamiento terapéutico de las aguas. El edificio reunía en un solo conducto los dos manantiales más abundantes, capaces de aportar un caudal extraordinario, que se distribuía a cuatro bañeras individuales y a una gran piscina común. El conjunto se completaba con espacios de reposo y con la atención permanente de un médico director y personal especializado.
Las aguas, descritas como claras, incoloras y de temperatura constante entre 30 y 31 grados centígrados, habían sido analizadas por los doctores Antonio Moreno y Diego Genaro Lletget, constituyendo uno de los primeros análisis físico-químico de las aguas minerales de Alzola, que sería utilizado como referencia en todas las publicaciones sobre el manantial realizadas entre 1846 y 1876. Su composición mineral y gaseosa las hacía especialmente indicadas, según el conocimiento médico de la época, para afecciones digestivas, urinarias, cutáneas y reumáticas.
La temporada oficial de baños se extendía del 1 de junio a finales de septiembre, y todo hacía prever una concurrencia numerosa. Con el nuevo edificio se ampliaba en 34 pies el solar de la primitiva Casa de Baños. El nuevo edificio de tres plantas además de la planta baja, disponía de 40 habitaciones, además del comedor y salón de reunión. Con esta inauguración, Urberoaga de Alzola entraba definitivamente en el mapa de los grandes balnearios del siglo XIX, respaldada por el reconocimiento oficial y por una infraestructura concebida para convertir el agua en salud.

Aunque no se conservan imágenes del interior del balneario de Urberoaga de Alzola de aquellos años, el edificio principal actual se levanta en ese mismo emplazamiento histórico. La conocida hoy como Sala de las Columnas funcionaba entonces como espacio de descanso y zona de tránsito previo al acceso a las salas de hidroterapia del antiguo establecimiento.

Desde la Sala de las Columnas aún se desciende por una escalera de mármol de Carrara hasta donde se encontraba la Fuente de los Angelitos, punto central de la cura hidropínica. Allí los agüistas bebían directamente el agua mineral natural de Alzola, a su temperatura de surgencia —en torno a los 29 º C—, la surgencia del manantial se mantiene en el mismo lugar en la actualidad. Está documentado que los usuarios habituales del balneario disponían de un vaso identificado con su nombre, que se guardaba en una estantería destinada a tal fin. En el Museo Vasco de Bilbao se conserva una pequeña jarra de vidrio asociada a este uso: presenta base y boca circulares, paredes ligeramente abiertas y asa vertical, decorada con motivos florales, el texto “Recuerdo de las Aguas de Alzola” y una escala graduada de 0 a 200 ml, para calcular la cantidad de agua de cada ingesta.

Desde la zona de la fuente, una puerta da acceso a una larga galería abovedada, elevada y de considerable longitud. En su lado derecho se abren de forma consecutiva varias salas, identificadas por números grabados en los dinteles de piedra. En su interior se conservan aún paredes revestidas con baldosas, correspondientes a las antiguas salas de baño, donde los bañistas realizaban las sesiones de hidroterapia en bañeras individuales. Las bañeras que han llegado hasta nuestros días, así como el conjunto de salas de la galería abovedada, muestran los efectos del paso del tiempo y, especialmente, de las sucesivas inundaciones que ha sufrido el barrio de Alzola a lo largo de los años.
1848. Primeros estudios médicos y experiencias clínicas

El doctor Gorgonio Elías de Ossoro fue el primer médico director interino del balneario de Urberuaga de Alzola y ejerció esta función entre 1846 y 1858. Se conservan varios escritos de su puño y letra, ya que los médicos-directores de balnearios estaban obligados a recopilar, al final de cada temporada, estudios detallados sobre el uso terapéutico de las aguas y los resultados observados en los pacientes.
En el estudio correspondiente al verano de 1848, el doctor Ossoro deja constancia de que treinta y cuatro personas realizaron el tratamiento mediante la ingestión del agua del manantial, mientras que veinte combinaron los tratamientos de baño y bebida. En total, aquel año acudieron cincuenta y cuatro enfermos, la mayoría de los cuales presentaban lo que el propio médico describía como “desarreglos dietéticos”, y veintisiete padecían irritaciones crónicas de la membrana mucosa genitourinaria.

Según recoge en su informe, pocos días después de iniciar el tratamiento con el agua mineral natural de Alzola se observó una mejoría considerable en muchos de los pacientes, llegando incluso a desaparecer el olor fétido amoniacal y la secreción morbosa que acompañaban a estas dolencias. El doctor Ossoro señala también que quienes obtuvieron mayores beneficios fueron los enfermos que sufrían cistitis crónicas y uretritis crónicas, afecciones que dificultan la correcta evacuación de la vejiga.
Las aguas de Alzola podían tomarse en baño, gracias a las instalaciones del balneario, y también en bebida, directamente del manantial. El uso terapéutico de las aguas minerales y termales es una de las formas más antiguas de tratamiento de enfermedades, ya sea por vía oral o mediante baños. Las dosis en bebida variaban dependiendo de la edad, clase de enfermedad, etc. La combinación de estas aguas mineromedicinales con la tranquilidad del entorno, el clima y la naturaleza fue determinante para el nacimiento de balnearios en enclaves muy concretos de España, como ocurrió en Alzola.

Un antiguo talonario conservado nos permite asomarnos a la vida cotidiana del balneario en la década de los cuarenta del siglo XX. En él figura el precio de una ducha con agua de Alzola por tan solo 6 pesetas, acompañado de un sello fiscal de 15 céntimos, utilizado entre 1936 y 1949. En los años cuarenta, otro talonario recuerda que, por 40 pesetas, se podía acceder a los baños termales del establecimiento.
Las personas que acudían a un balneario para tratarse con aguas mineromedicinales eran conocidas como agüistas. En una imagen conservada de la época, los agüistas de Alzola aparecen junto a la Fuente de los Angelitos, situada donde aflora el agua del manantial. Aquí los bañistas bebían el agua de Alzola, siempre siguiendo la prescripción médica, a su temperatura natural de surgencia, en torno a los 29 º C. En la actualidad, aún se conserva, cerca de su ubicación original, la parte inferior de aquella fuente de mármol.

La temporada balnearia de Alzola comenzaba entre el 1 y el 15 de junio y finalizaba entre el 31 de septiembre y el 15 de octubre según el año, pero la actividad no se detenía ahí. En Europa, donde el agua se consumía como un auténtico medicamento, mientras los centros balnearios permanecían cerrados fuera de temporada, eran los propios usuarios quienes reclamaban a los responsables del establecimiento la posibilidad de continuar con su tratamiento de agua mineromedicinal en casa.
Gracias a la estafeta de correos propia del balneario y a la cercanía de la estación de tren, el agua de Alzola se enviaba a distintos puntos del país y del extranjero, permitiendo que los tratamientos continuaran fuera de la temporada de baños. Hablamos de una época en la que el agua de Alzola se vendía en farmacias, consolidando su prestigio como producto terapéutico reconocido por sus virtudes. Se sabe por Vicente de Urquiola, médico director de Alzola, que durante la temporada de 1879 se expendieron unas cinco mil botellas de agua.
1850. La experiencia de un bañista del balneario de Urberuaga de Alzola

En el otoño de 1850, cuando el balneario de Urberuaga de Alzola llevaba apenas cuatro años en funcionamiento, encontramos una de las primeras referencias conocidas de un bañista que decidió compartir públicamente su experiencia y los beneficios obtenidos tras tomar las aguas termomedicinales del manantial. Llama la atención que su autor se mostrara sorprendido de que, siendo tan notables las virtudes de estas aguas, “pocos las conocen”. El testimonio pertenece a Antonio Hernández Blancas, abogado madrileño, que llegó al establecimiento por recomendación de Manuel Mateu y Fort, considerada la máxima figura médica donostiarra de la década de 1840.
Su carta, publicada en El Clamor Público el 22 de octubre de 1850, constituye un valioso documento de época que nos permite conocer cómo era el balneario de Alzola en sus primeros años de actividad. Gracias a las descripciones de Hernández Blancas sabemos que el entonces nuevo edificio —la ampliación de la primera Casa de Baños de 1801— presentaba una planta cuadrilonga, contaba con tres pisos de altura y disponía de cuarenta cuartos espaciosos, además de salones de reunión y una pieza destinada al billar.

Ese mismo año, el prestigio de las aguas termomedicinales de Alzola quedó también reflejado en la literatura médica especializada. En el Formulario universal o guía práctica del médico, del cirujano y del farmacéutico, publicado en 1850 por el doctor en medicina y cirugía Francisco Álvarez Alcalá, el agua mineral natural de Alzola figura entre las más destacadas por su eficacia terapéutica. En esta obra se recomendaba su uso para el tratamiento de la dispepsia, la anorexia, el estreñimiento pertinaz, las obstrucciones del hígado y del bazo, las afecciones hipocondriacas, cutáneas y gotosas.
Además, y, de manera muy especial, se recomendaba su uso para el tratamiento de las enfermedades de las vías urinarias, con o sin cálculos o arenillas, los cólicos nefríticos, las retenciones de orina, la iscuria (incapacidad de vaciar la vejiga) y la estranguria (afección que causa una micción dolorosa, lenta y gota a gota), así como en afecciones histérico-espasmódicas, tras partos laboriosos o abortos, y en ciertos casos de asma y palpitaciones nerviosas asociadas a lesiones incipientes del corazón. No resulta extraño, por tanto, que en aquel año acudieran al balneario de Alzola un total de 155 bañistas en busca de alivio y salud, una cifra especialmente significativa si se tiene en cuenta que el barrio de Alzola contaba en 1846 con apenas 24 casas, 6 caseríos y una población ligeramente superior a los doscientos habitantes.
1860. Cambio de propiedad y nueva etapa para Alzola

Varios de los socios fundadores originales habían fallecido y la sociedad decidió subastar el balneario. El 20 de noviembre de 1860 se produjo un nuevo episodio en la historia del balneario de Alzola: la celebración de la almoneda (venta pública de bienes muebles) del establecimiento. Aquel día, Felipe Sanz adjudicó la compra en nombre de Feliciano Martínez, vecino de Torrelaguna (Madrid), por la suma de 463.000 reales. El acuerdo establecía un pago aplazado a once años, con un interés anual del 5 %, permitiendo también la amortización anticipada de las cantidades pendientes. Con esta operación, Feliciano Martínez pasaba a convertirse en el nuevo propietario del balneario de Alzola. Este episodio, documentado por Carlos Larrinaga en Balnearios guipuzcoanos, 1776-1901, refleja el valor económico que ya había adquirido Alzola a mediados del siglo XIX.
1866. Alzola, destino de la Casa Real

El diario madrileño La Época publicaba el 2 de septiembre de 1866 una extensa crónica fechada en los Baños de Alzola el 30 de agosto de 1866, en la que relataba la presencia de “S. M. el Rey”, Francisco de Asís de Borbón, rey consorte de Isabel II, entre los bañistas que acudían al manantial “a demandar a sus renombradas aguas el lenitivo, ya que no la radical curación de achaques más o menos inveterados”.
La crónica subraya un aspecto especialmente revelador: la absoluta normalidad con la que el monarca vivió su estancia en Alzola. Su presencia, señalaba el corresponsal, no alteró en nada “las metódicas y acompasadas ocupaciones de los bañistas”, y fue recordada por la cercanía, la bondad y la discreción con la que se integró en la vida cotidiana del balneario. “Ha vivido entre nosotros como nuestros reyes saben vivir —afirmaba el texto— conquistando simpatías y derramando beneficios, que estos moradores han pagado con bendiciones”.
Pocos días más tarde, el 4 de septiembre de 1866, el periódico La España relataba también aquella visita al balneario de Alzola de Su Majestad el Rey, que no sería la única. El monarca había acudido a Alzola para beneficiarse de sus aguas termomedicinales y, vivió su estancia con discreción. Con motivo de su marcha, el cronista afirmaba que Alzola perdió “la alta honra de contar a S. M. el Rey entre los que venimos a demandar a sus renombradas aguas el lenitivo, ya que no la radical curación de achaques más o menos inveterados”.
Los corresponsales de balneario eran periodistas especializados, enviados por los periódicos más destacados, para relatar la vida social de los personajes prominentes y famosos que frecuentaban los balnearios de la época. Sus crónicas y reportajes contribuían significativamente a la promoción y popularidad de estos destinos. Además, sus escritos a menudo también resaltaban la belleza del entorno, los beneficios para la salud de las aguas minerales y los tratamientos ofrecidos, proporcionando a la gente información detallada sobre la experiencia en estos balnearios. Esos corresponsales de balneario también frecuentaban el balneario de Urberuaga de Alzola.
1870. La visita que nunca llegó

En mayo de 1870 Napoleón III envió a un químico para analizar y estudiar las aguas de Alzola, con el objetivo de que pudieran ser utilizadas por el emperador. El estudio habría concluido que estas aguas eran superiores a otras similares, tanto de España como del extranjero y el viaje imperial a Alzola estaba ya reservado. Sin embargo, la estancia de Napoleón III nunca llegó a realizarse. El estallido de la guerra franco-prusiana, iniciada ese mismo año, truncó cualquier plan ajeno al conflicto y pondría fin al Segundo Imperio francés pocos meses después. Seguimos investigando en busca de documentación oficial que confirme aquel análisis y reserva. Más allá de si aquel viaje llegó a acordarse formalmente, la historia revela algo esencial: que Alzola había alcanzado un prestigio que trascendía fronteras y se medía ya en comparación con las grandes aguas minerales de Europa.
1877. Un gran estudio científico de las aguas de Alzola

Al finalizar cada temporada de baños, los médicos directores de los balnearios estaban obligados a recoger en una memoria detallada todos los datos relativos a la actividad del establecimiento: número de bañistas, procedencia, enfermedades tratadas, casos de curación o mejoría, recomendaciones terapéuticas, funcionamiento de los servicios y observaciones médicas sobre el uso de las aguas. En el caso de Alzola, tras los primeros análisis realizados en la primera mitad del siglo XIX por los doctores Antonio Moreno y Diego Genaro Lletget, no se llevó a cabo un nuevo estudio físico-químico exhaustivo hasta el año 1877.
Ese año, el doctor Manuel Sáenz Díez, catedrático de Química de la Facultad de Ciencias de la Universidad Central, realizó un riguroso análisis de las aguas minerales de Alzola, que fue publicado junto al doctor José María Hernández Sanz, médico director en propiedad de Alzola en ese momento. Bajo el título Establecimiento Termal de Alzola. Aguas termo-alcalinas ferruginosas bicarbonatadas nitrogenadas (variedad litínicas) de Urberuaga de Alzola (Guipúzcoa). Análisis y virtudes medicinales de las aguas, supuso la validación de sus propiedades terapéuticas con criterios analíticos modernos de la época.

Entre las virtudes medicinales recogidas por el doctor Hernández Sanz se destacaban las afecciones del hígado. Los cólicos hepáticos, la ictericia catarral y la hepatitis intersticial eran tratados con las aguas de Alzola gracias a una composición y una temperatura que actuaban como una auténtica “medicación disolvente” y “medicación expulsiva”. En otro de los capítulos, el doctor Sáenz Díez confirmaba la presencia de una sustancia que confería al agua de Alzola propiedades litontrípticas, es decir, consideradas eficaces para deshacer los cálculos vesicales.
Las aguas de Alzola fueron reconocidas entonces como la única fuente minero-medicinal en España indicada específicamente para el tratamiento de la litiasis y la gota. La memoria recogía también el perfil mayoritario de los concurrentes al manantial, que acudían principalmente por afecciones de las vías urinarias, dolencias gotosas y reumáticas, infartos del hígado, cólicos biliosos y nefríticos, así como por dispepsias, gastralgias, afecciones uterinas, histerismos y asma.

El estudio de 1877 también ofrecía una imagen precisa del propio establecimiento termal. Se elogiaba especialmente la Fonda de Alzola, de la que se decía que “los señores bañistas hallarán la comodidad y el confort necesarios para hacer agradable y placentera su estancia en los baños”. En aquel momento, Alzola contaba con una instalación balneoterápica completa, equipada con catorce bañaderas de mármol, aparatos de pulverización y sillas de asiento.
La tarifa de precios, visada por el Gobernador de la provincia, fijaba el coste de los servicios: el precio de cada baño oscilaba entre siete y ocho reales de vellón; las duchas o chorros, entre seis y siete; las pulverizaciones, entre cuatro y cinco; y la bebida del agua durante quince días, para quienes no tomaban baños, entre veinte y treinta reales. A ello se añadían seis reales por derechos reglamentarios del bañero.

La memoria de 1877 refleja también el esfuerzo que suponía llegar hasta Alzola desde distintos puntos del país. Los visitantes procedentes de Madrid tardaban unas catorce horas en tren exprés hasta la estación de Zumárraga y alrededor de tres horas más en carruaje por la carretera de Vergara y Deba. Desde Bilbao salían carruajes “día sí, día no”, con un trayecto de entre cuatro y cinco horas y un coste de treinta y cuatro reales. Pese a la duración del viaje, la afluencia de bañistas continuaba creciendo.
El director del establecimiento termal de Alzola mantenía su consulta abierta al público todos los días en su despacho de los baños, reservando el horario de siete a ocho de la mañana para las clases pobres, y de ocho a once por la mañana y de cuatro a seis de la tarde para las personas acomodadas. Aunque ejercía en Alzola durante la temporada de baños, el director tenía su residencia habitual en Madrid, en la calle Trujillos, número 1. Por su parte, la administración permanecía abierta para el despacho de bebidas desde las ocho de la mañana hasta las siete de la tarde, exceptuando las horas destinadas a la comida.
1883. Medalla de Plata al Mérito

Doña Francisca Herranz Pérez, viuda de Martínez, estuvo al frente de los baños de Urberuaga de Alzola entre 1877 y 1885. Durante su etapa como responsable del establecimiento, Alzola alcanzó uno de los hitos más relevantes de su historia del siglo XIX: la concesión de la Medalla de Plata al Mérito en la Primera Exposición Nacional de Minería de 1883, distinción otorgada por el rey Alfonso XII.
La medalla presenta en su anverso la efigie del rey Alfonso XII orientada hacia la derecha, mientras que en el reverso figura la alegoría de la Minería, representada con un martillo apoyado sobre la pierna derecha y rodeada de diversos utensilios de trabajo. El diseño del reverso fue obra de Vicente Oms Canet, escultor y dibujante nacido en Barcelona en 1853 y fallecido en Madrid en 1885, formado en la Escuela de Bellas Artes de Barcelona y posteriormente en París, antes de establecerse definitivamente en Madrid en 1880. La pieza tiene un diámetro de 71 milímetros, un peso de 157,24 gramos y un grosor de 8 milímetros.
1888. Alzola presente en el Primer Congreso Hidrológico Nacional

El 22 de febrero de 1888 se celebró en Madrid el Primer Congreso Hidrológico Nacional, un encuentro que reunió a directores médicos y propietarios de los principales balnearios españoles y que supuso un hito en la consolidación científica de la hidrología médica en España. Alzola estuvo representada por su médico director, el Dr. Don Eduardo Moreno Zancudo, cuya intervención fue una de las seis ponencias centrales del congreso.
En el acta de la sesión, Moreno expuso las Indicaciones Terapéuticas del Agua de Alzola, poniendo especial énfasis en su aplicación clínica dentro de la hidroterapia. Durante su intervención presentó su experiencia en el uso del sondaje gástrico y en el estudio del contenido gástrico como herramientas diagnósticas avanzadas para la época, prácticas que aplicaba en el tratamiento de afecciones del estómago con el apoyo del agua mineral natural de Alzola.
1893. Inauguración de la estación de ferrocarril de Alzola

El 3 de agosto de 1893 se inauguraba la estación de ferrocarril de Alzola, un acontecimiento que supuso un antes y un después en la historia del manantial y su balneario. El ferrocarril acercó Alzola al mundo y facilitó, como nunca antes, la llegada de bañistas y agüistas que acudían en busca de alivio y tratamiento con sus aguas mineromedicinales. Hasta entonces, el viaje resultaba largo y complejo desde nuestra percepción actual. Los viajeros debían llegar en tren por el Ferrocarril del Norte hasta la estación de Zumárraga y, desde allí, continuar el trayecto hasta Alzola en coche correo —por 25 reales el asiento— o en coches particulares, en un recorrido que se prolongaba durante unas tres horas más.

Sin embargo, Alzola ya figuraba en las grandes rutas termales europeas antes de contar con estación propia. En 1880, el prestigioso libro Les bains d’Europe, de Adolphe Joanne y A. Le Fileur, describía cómo era posible viajar de París a Alzola en tren exprés. Los 922 kilómetros que separaban la capital francesa del balneario podían recorrerse en 20 horas y 11 minutos, gracias a dos convoyes diarios. La nueva estación redujo las distancias y las horas en carretera y facilitó, además, los envíos de botellas de agua de Alzola a distintos puntos del mundo. Según el testimonio de Jose Ramon Urzelai, el agua de Alzola llegó incluso a venderse en Australia, en una cadena de alimentación dirigida por un tal José Rodríguez, y algunos elgoibartaras presumían de beber agua de Alzola en aquel país.
En la Guía de los establecimientos balnearios de España, publicada en 1897 por Miguel Dávila, se recogían los precios de los billetes desde las capitales españolas hasta la estación de ferrocarril de Elgoibar, situada a 28 kilómetros del balneario, un trayecto que los coches de la época cubrían en aproximadamente tres horas. Las tarifas variaban según la procedencia y la clase del billete, desde los trayectos más costosos —154 pesetas desde Cádiz en primera clase— hasta los más asequibles, como las 6 pesetas del billete de tercera clase desde Álava.

Aquel verano de 1893, Emma de Madrazo, sobrina de Federico de Madrazo, uno de los grandes retratistas del siglo XIX, probablemente fue una de las primeras viajeras que llegó a Alzola en el recién inaugurado trayecto. Ese agosto pasó una estancia en nuestro balneario coincidiendo con el escritor catalán Víctor Balaguer, figura destacada de la Renaixença catalana. Balaguer escribiría dos cartas a Emma de Madrazo relatando sus días en Alzola, publicadas ese mismo otoño en la Revista Contemporánea nº 92 (octubre de 1893) y posteriormente en La Ilustración Artística, en los números del 13 y 20 de noviembre de 1893.
Estas cartas serían recopiladas más tarde en su libro Añoranzas (1894), bajo el título Cartas a la señorita doña Emma de Madrazo. En la primera de ellas, Excursiones desde Alzola, aparece una reveladora conversación en la que Emma habla de su experiencia en el viaje: “…Y de tal suerte debe ser así, que yo recuerdo perfectamente que, al encontrarme con usted en Alzola, y al preguntarle: «¿Viene usted en el tren por vez primera?» se apresuró usted misma a contestar, como saliendo al paso a mi pensamiento: «No, señor, no; por última.» …”.
1900. El reconocimiento internacional de la Exposición Universal de París

La Exposición Universal de París de 1900 fue uno de los grandes acontecimientos internacionales del cambio de siglo, un escaparate mundial donde solo lo excepcional lograba destacar. En ese contexto, el agua mineral natural de Alzola alcanzó uno de los mayores hitos de su historia al obtener dos galardones: una medalla de oro y una medalla de plata. Este doble reconocimiento internacional no solo situó al manantial de Alzola entre las aguas mineromedicinales más prestigiosas de su tiempo, sino que confirmó la calidad largamente apreciada por médicos, bañistas y agüistas.
La concesión oficial de estos premios quedó reflejada posteriormente en la Gaceta de Madrid del 9 de enero de 1901, donde se publicó la relación de distinciones otorgadas por el Jurado Internacional de la Exposición de París a los expositores españoles. Además, los nombres de Daría Vera —viuda de Felipe Sanz— y Francisco Hernanz figuran grabados en las propias medallas, dejando constancia directa de quiénes eran los propietarios del manantial en aquel momento y reforzando la consagración definitiva de Alzola como símbolo de excelencia y prestigio internacional.
1901. 125 años de la inauguración del Gran Hotel Balneario

Con el paso del tiempo, el antiguo balneario decimonónico de Alzola fue creciendo y transformándose. Las ampliaciones sucesivas, tanto en el edificio de los baños como en los servicios de alojamiento, respondían a una necesidad evidente: dar cabida a una afluencia cada vez mayor de bañistas y agüistas. Estas obras culminaron con la construcción del Gran Hotel Balneario, levantado junto a la primera Casa de Baños, que permitía alojar con comodidad a unas 150 personas distribuidas en 80 habitaciones, dotando al conjunto de la apariencia y el prestigio de un gran hotel de su tiempo.

No conocemos la fecha exacta de construcción de la capilla del antiguo balneario de Alzola, pero sí sabemos que permanecía abierta al público y que en ella se celebraba misa todos los días festivos. Son muchas las personas que recuerdan que algún familiar contrajo matrimonio en la capilla de Alzola. Aunque no tenemos imágenes de aquellas bodas, sí han llegado hasta nosotros dos fotografías del interior de la capilla, correspondientes a épocas distintas y realizadas por Fototipia Hauser y Menet y por Foto Marín. En ambas aparece la misma talla de la Virgen con el Niño, situada en dos retablos diferentes: uno de carácter más sencillo y otro de mayor riqueza ornamental.

Las postales antiguas también nos permiten asomarnos a los espacios de ocio del Gran Hotel Balneario. En ellas puede verse el salón de recreo, cuya estética —las butacas de diseño, las lámparas de pared o la presencia de un piano— sugiere una ambientación que podría situarse en torno a la década de 1940, una hipótesis basada en los elementos decorativos conservados. Todo apunta a que se trataba de un espacio pensado para el descanso, la conversación y la vida social de los huéspedes.

Del mismo modo, las imágenes del comedor del Gran Balneario de Alzola revelan un espacio amplio y cuidadosamente dispuesto, con más de veinte mesas perfectamente preparadas, cubertería, loza, jarrones con flores y numerosos detalles que evocan el refinamiento de otra época. Destacan la decoración del techo y las paredes, las elegantes lámparas y apliques, así como una curiosa barra central —posiblemente destinada al servicio de bandejas— que sugiere la intensa actividad cotidiana de la sala cuando acogía a visitantes ilustres y a miembros de la realeza.
1906. El nombre que nos identifica

El 30 de agosto de 1906, el diario El Siglo Futuro publicaba una Real Orden por la que el establecimiento balneario de Urberuaga de Alzola (Guipúzcoa) pasaba a denominarse, de forma oficial y definitiva, Balneario de Alzola. No conocemos con certeza el motivo de este cambio de nombre, aunque sabemos que la existencia de otro balneario denominado Urberuaga de Ubilla, en Markina-Xemein, quizás había generado confusiones. No ayudaba que en la prensa y la literatura de la época se usara simplemente Urberuaga, sin especificar cuál de los dos establecimientos se mencionaba.
Esta confusión quedó reflejada en las crónicas literarias que Azorín publicó en 1904 bajo el título Veraneo sentimental. Las crónicas tituladas “Camino de Urberuaga. El mar y la montaña”, “En Urberuaga. Los ojos de Aurelia” y “Siluetas de Urberuaga. La masa”, más tarde recogidas en Los Pueblos (1905). En aquella época coexistían ambos establecimientos, con similitudes geográficas y arquitectónicas, pero con indicaciones terapéuticas claramente diferenciadas. Mientras las aguas de Ubilla se recomendaban principalmente para afecciones respiratorias, las de Alzola estaban indicadas para enfermedades de las vías urinarias, del estómago y del hígado. El nombre Balneario de Alzola, fijado oficialmente en 1906, contribuyó así a reforzar una identidad propia bien diferenciada.
1911. 115 años de la Exposición de Buenos Aires

A comienzos del siglo XX, el prestigio del manantial de Alzola había traspasado ya las fronteras europeas. Todo indica que sus aguas participaron en la Exposición celebrada en Buenos Aires, un gran acontecimiento internacional que reunió ciencia, industria y avances médicos, y que incluyó certámenes dedicados a la higiene y la medicina. En distintos documentos de la época se menciona que las aguas de Alzola fueron distinguidas con el Diploma de Honor de la Exposición Internacional de Buenos Aires, la máxima distinción del certamen. La repercusión de este premio quedó reflejada en la prensa española.
El diario La Época, en su edición del 17 de mayo de 1911, afirmaba que, en la Exposición universal celebrada en Buenos Aires, se había otorgado a las aguas de Alzola el Gran Premio de Honor, subrayando los beneficios obtenidos en el tratamiento de afecciones urinarias. Dos días después, el diario El Liberal, en su edición del 19 de mayo de 1911, recogía: «Un señalado triunfo han conseguido en la Exposición de Buenos Aires las acreditadísimas Aguas de Alzola», señalando que el jurado, en atención a sus cualidades terapéuticas para las enfermedades de las vías urinarias, había concedido el Diploma de Honor.
1936. Alzola se convierte en hospital

Con el estallido de la Guerra Civil Española, el Balneario de Alzola vivió uno de los episodios más duros y excepcionales de su historia. En septiembre de 1936, en pleno frente de Elgoibar —activo entre el 21 de septiembre y el 8 de octubre—, el establecimiento fue transformado en hospital de sangre para atender a los heridos del conflicto. No resulta extraño que muchos combatientes fueran trasladados hasta Alzola en busca de cuidados, dada su cercanía al frente y sus instalaciones preparadas para la atención sanitaria.
El 22 de septiembre de 1936, el teniente coronel Pablo Cayuela, del bando nacional, tomó el control de Alzola, donde previamente los mendigoizales habían establecido posiciones defensivas. A partir de ese momento, el balneario funcionó como Hospital Militar durante el frente Eibar–Markina y, tras la ruptura del frente en 1937, como hospital de convalecientes.

De aquel periodo hemos encontrado escasos vestigios, como una carta dirigida a Sor Lucía Cano de Castro con destino al Hospital Militar de Alzola, testimonio silencioso de aquellos días. La documentación oficial confirma esta función sanitaria: el 26 de diciembre de 1936, el Boletín Oficial del Estado publicó la relación de médicos que debían incorporarse con urgencia a distintos hospitales militares, entre ellos el de Alzola. En ese listado figuraban los nombres de los médicos civiles que estaban destinados al Hospital Militar de Alzola: Don Joaquín Santamaría Azaceta, Don Enrique Albizu Elcoro y Don José Eizaguirre Auruti.
1976. 50 años del cierre del Balneario de Alzola

En 1976 se cerraba definitivamente el Balneario de Alzola, poniendo fin a una larga etapa ligada al termalismo y a la vida balnearia. El establecimiento había quedado obsoleto ante la imposibilidad de adaptar sus habitaciones a las nuevas exigencias de confort, como la instalación de baños privados, una transformación imprescindible en la segunda mitad del siglo XX. Sin embargo, aquel cierre no supuso el final del manantial. Muy al contrario, marcó el inicio de una nueva etapa: se acometieron las reformas necesarias para instalar una planta embotelladora de agua mineral natural, asegurando así la continuidad de Alzola y permitiendo que sus aguas, apreciadas desde hacía siglos, llegaran a más hogares.
2001. 25 años de una cata ciega internacional premiada

En el año 2001, ya a las puertas del nuevo milenio, el agua mineral natural de Alzola volvió a situarse en el centro del reconocimiento internacional. En el marco del 9º Salón de Alimentación y Dietética, celebrado en Bilbao del 17 al 20 de febrero de 2001, Alzola resultó ganadora de la 1ª Cata Ciega Internacional de Aguas del Milenio, un certamen en el que se evaluaron aguas nacionales e internacionales. Este galardón tenía un valor especialmente significativo: el juicio se basaba exclusivamente en las cualidades organolépticas del agua, sin influencia del nombre, la tradición o la reputación previa. Que Alzola destacara en una cata ciega frente a otras aguas de ámbito internacional suponía una confirmación contemporánea de algo que la historia ya había señalado durante siglos: la singularidad y excelencia de su manantial.
2012: Adquisición por la familia Gallardo

En mayo de 2012, Alzola inició una profunda reflexión interna que marcaría un punto de inflexión en su historia reciente. Fue un momento de mirar atrás con honestidad para comprender el camino recorrido, reconocer dónde se encontraba el proyecto y decidir con claridad hacia dónde quería avanzar. Revisar el pasado se convirtió en una herramienta imprescindible para no olvidar los orígenes, para aprender de las etapas difíciles y para afrontar con serenidad tanto los retos que estaban por venir como las oportunidades que seguían empujando hacia adelante. De ese ejercicio de memoria y compromiso nació una decisión firme y compartida: renacer, devolviendo al manantial de Alzola el protagonismo que su historia, su agua y su legado merecen.
2016. 10 años de una reivindicación del agua de Alzola

El 28 de septiembre de 2016, Alzola volvió a convertirse en punto de encuentro y reflexión en torno al valor de su agua. Ese día se reunió en el manantial el Grupo Consular de Bilbao, en un acto cargado de simbolismo que reivindicó la excelencia del agua de Alzola en un contexto internacional. Más allá de titulares o proclamaciones, aquel encuentro supuso un gesto de reconocimiento a una trayectoria centenaria, recordando que la reputación del agua de Alzola no es fruto de una moda reciente, sino el resultado de siglos de historia, análisis médicos, premios internacionales y confianza continuada por parte de quienes la han bebido y estudiado. En pleno siglo XXI, Alzola volvía así a situarse en el mapa, no como novedad, sino como legado vivo, conectando su pasado balneario con una mirada abierta al mundo.




