El veraneo en el Balneario de Alzola en julio de 1882

28/07/2026

Si hace un tiempo nos adentrábamos en qué sucedía en el Balneario de Alzola en agosto de 1882 gracias a una crónica publicada en El Liberal, hoy retrocedemos unas semanas en el calendario hasta el 30 de julio de 1882, para sumergirnos en una de las crónicas del periodista José María de Goizueta, publicada en el diario La Época. Entre el ajetreo del trayecto, el oasis de la Fonda de Irazu, la «dama-duende», la excelencia médica y la insólita «psicosis» que amenazaba con agotar el agua del manantial, rescatamos este retrato vivo de cómo era el veraneo en Alzola.

Marcelino Ugalde y Murua: el factótum de Zumárraga

Estación de Zumárraga fotografiada por Auguste Muriel en 1864
Fotografía de la estación de Zumárraga por Auguste Muriel (1864)

Al bajar del tren en Zumárraga, el andén era un hervidero de movimiento donde convergían ómnibus, grandes diligencias de línea y costosos carruajes particulares preparados para trasladar a los veraneantes hacia los distintos balnearios de Gipuzkoa y Bizkaia.

En medio de ese ajetreo emergía una figura imprescindible: Marcelino Ugalde y Murua. El cronista José María de Goizueta no dudaba en calificarlo como el auténtico factótum del lugar —esa persona todoterreno, astuta y servicial que lo mismo te solucionaba un imprevisto que manejaba los hilos de los transportes y la logística local—.

Anuncio de la Empresa Marcelino Ugalde publicado en la Guía oficial de los caminos de hierro de España y Portugal (1869)
Horarios de los trayectos de la Empresa de Marcelino Ugalde

En la casa de Ugalde se concentraba buena parte de la vida del viajero nada más llegar: allí se organizaban los carruajes, se servían almuerzos para reponer fuerzas tras las largas horas de tren y se distribuía a los recién llegados según su destino. Goizueta lo retrata lleno de realismo y fina ironía, definiéndolo como un hombre sumamente amable, simpático y de trato agradable, aunque dejando caer con guasa que también sabía «hacer su agosto», que duraba unos setenta días, a costa de la marea estival de bañistas.

Ugalde no solo proporcionaba el transporte, sino que ejercía de improvisado consejero de viajes, dando indicaciones directas a los viajeros sobre en qué fondas o alojamientos debían hospedarse al llegar a su destino.

El trayecto y el polvo en el camino

Ómnibus tirado por caballos
Ómnibus de tracción animal

Una vez organizados los carruajes en Zumárraga, la expedición emprendía la marcha en un ómnibus-correo con rumbo al valle del Deba. El primer gran tramo exigía superar la Cuesta de Descarga, un duro puerto de montaña que dejaba en los viajeros un recuerdo poco grato por el esfuerzo de las caballerías y la incomodidad del trazado.

Al culminar la subida, los carruajes descendían rápidamente hacia Anzuola (Antzuola). Para el viajero de la época (y más tarde con la llegada del ferrocarril de vía estrecha hacia Bilbao), Antzuola representaba la primera estación tras dejar atrás Zumárraga, un punto de paso obligado en el discurrir del trayecto hacia el interior de Gipuzkoa.

La broma de la seda: ¿humor o provocación?

El Antzuolako Alardea (o Alarde del Moro / Mairuaren Alardea) es una fiesta tradicional de Antzuola que se celebra cada año el sábado del tercer fin de semana de julio
El Alarde de Antzuola se celebra desde 1880

Al paso por Antzuola, el cronista no se resiste a dejar caer una pincelada de socarrona advertencia para los veraneantes capitalinos: «Recomiendo a los viajeros que no pregunten en este pueblo dónde se vende seda, si acaso la necesitan, porque la respuesta no sería muy grata».

¿Estaba Goizueta ironizando sobre el choque entre las exigencias de lujo de la alta sociedad y la autenticidad de un pueblo agrícola y de montaña? Bien podía ser un aviso al forastero refinado para que no viniera pidiendo delicadezas urbanas en mitad del camino si no quería llevarse un buen rapapolvo de los antzuolarras.

¿O quizás hacía una velada referencia a que en Antzuola la seda no era una simple mercancía, sino un trofeo histórico? Según la tradición del Alarde local, la compañía del pueblo capturó la bandera de seda del califa Abderramán III en la batalla de Valdejunquera (año 920). Ese pendón de seda ha sido históricamente un gran orgullo identitario de la villa, custodiado y exhibido con enorme celo. De ser así, bromear con la «venta de seda» en Antzuola rozaba la provocación, al frivolizar con uno de sus símbolos más preciados.

El tramo final por el río Deba

Vista general de Vergara por Angel Pirala (1885)

Tras dejar atrás Antzuola, la comitiva hacía una escala obligada en la «lindísima y aristocrática villa de Vergara». Allí se realizaba una parada de hora y media, ideal para estirar las piernas, refrescarse y hacer un descanso antes de afrontar el último tramo del recorrido.

Reanudada la marcha, el viaje continuaba siguiendo la orilla izquierda del río Deba, cruzando las poblaciones de Plasencia (Soraluze) y Elgoibar, hasta avistar finalmente el balneario de Alzola, donde el carruaje hacía su entrada hacia las dos y media de la tarde.

El periodista no escatima elogios para el entorno, calificando el paisaje atravesado de «en extremo pintoresco». Señala que, si el día anterior había llovido, el camino resultaba francamente delicioso; pero si el firme estaba seco, el azote del polvo no perdonaba, convirtiendo «en molinero al más pulcro viajero», antes de que pudiera pisar el umbral del balneario.

La Fonda de Irazu: el refugio preferido de los veraneantes

Anuncio Fonda de Irazu en Alzola
Anuncio de la Fonda de Irazu publicado en La Correspondencia de España (25-05-1880)

A pesar de que el diligente Marcelino Ugalde le había recomendado alojarse en nuestro establecimiento balneario, José María de Goizueta tenía muy claro su destino. El cronista prefirió alojarse en la famosa Fonda de Irazu, un establecimiento que contaba con el aval inmejorable de su propietario, el señor Irazu, célebre también por ser el dueño del acreditado y antiguo Parador Real de San Sebastián.

La elección no podía ser más acertada. Goizueta se deshace en elogios hacia el confort y la hospitalidad del lugar, destacando sus habitaciones ventiladas, la impecable limpieza que reinaba en cada una de sus dependencias y el toque de distinción que aportaba la cocina, capitaneada por un cocinero excelente.

A todo ello se sumaba el inmejorable trato: el periodista resalta con especial afecto la amabilidad y el constante agrado de las señoritas de Irazu. El periodista sintetiza el éxito de esta mítica fonda con una máxima irrefutable: «Quien prueba la Fonda de Irazu, siempre repite».

«El sexo feo» en mayoría: los caballeros

El Padre Cobos
Cabecera de la publicación El Padre Cobos

Al repasar la crónica de los huéspedes que abarrotaban Alzola en aquel mes de julio de 1882, a Goizueta no se le escapa un detalle socarrón: el elemento masculino era tan abrumador que no dudó en bautizarlo como «el sexo feo en gran mayoría». Aquello no era una simple coincidencia, sino la consecuencia directa de la fama del manantial: las aguas litínicas de Alzola eran el remedio médico por excelencia prescrito en la época para combatir las afecciones del aparato urinario, lo que atrajo a una gran concentración de caballeros de la alta política, la diplomacia y la sociedad en busca de curación.

La vida social de la fonda tenía un centro de gravedad indiscutible: el comedor. Allí oficiaba como presidente de mesa Don Miguel Alegre, a quien el cronista retrata con enorme cariño como un tresillista impenitente y el más agradable de los compañeros. En una época en la que el tresillo era el auténtico rey de los juegos de cartas de salón, Don Miguel encarnaba la caballerosidad de la vieja escuela, siempre afable con todos y especialmente galante con las damas. En torno a sus partidas de naipes se organizaba la convivencia cotidiana, dejando ver escenas memorables como los raros momentos en los que Don Luis Encomienda —caballero de rictus serio y solemne donde los hubiera— rompía su gesto para soltar una carcajada únicamente cuando lograba darle codillo a Alegre en la mesa de juego.

Aquel comedor de Irazu era un auténtico hervidero intelectual. En una esquina podía escucharse la conversación amena y profundamente instruida de Don Manuel Calderón y Sánchez, cura ecónomo de la histórica parroquia de Santa María de la Almudena de Madrid; a pocos pasos, el antiguo diplomático Don Rafael Jabat y Hernández de Alba compartía mesa con su discretísima esposa, María del Pilar Magallón y Campuzano, saludada por todos como «el mejor ornamento de nuestra sociedad balnearia».

La nota de ingenio y chispa política la ponía Don Esteban Garrido, antiguo compañero de prensa de Goizueta y célebre redactor del periódico satírico Padre Cobos, cuya fina ironía todavía recordaban en Madrid. Completaban aquel vibrante grupo figuras de la marina como el señor Lobatón y su hijo, o propietarios venidos del sur como el granadino Don Andrés Marín y su simpática señora.

Los huéspedes del Establecimiento Balneario

Don Diego Fernández de Vallejo, I marqués de Vallejo
Fotografía de Diego Fernández de Vallejo

Quienes preferían alojarse en nuestro establecimiento balneario o pasear por sus jardines conformaban un abanico nobiliario de primer orden. Destacaba entre ellos la figura apacible de Don Diego Fernández de Vallejo, I marqués de Vallejo —recordado en la historia por su inmensa obra filantrópica al levantar el Asilo de Huérfanos de la Guardia Civil en Ciempozuelos—. El cronista no escatima elogios hacia él, llamándole cumplido caballero tras haber recibido de sus manos un generoso regalo: unas riquísimas anguilas.

El contrapunto más dinámico lo ponían los miembros de las Cortes. Mientras el Sr. Mantilla aportaba una estampa puramente estival paseando junto a su bella esposa y su pequeña hija, la Cámara Alta dejaba oír su peso institucional con la presencia del senador Don Luis de Estrada y del incansable Juan Álvarez de Lorenzana, vizconde de Barrantes, a quien el periodista califica de «andarín de primera fuerza» por su conocida vitalidad a la hora de caminar. Cerraba este desfile de alta alcurnia Don José María de Arróspide y Marimón, conde de Plasencia y Grande de España, cuya sola presencia daba fe del prestigio del manantial guipuzcoano en los veranos de la Restauración.

Las del «bello sexo» en Alzola al son de la música

Vista del salón de recreo del Balneario de Alzola con su piano en una imagen del siglo XX

En medio de una concurrencia donde el elemento masculino era abrumadoramente mayoritario, la presencia de las damas se convertía en un auténtico bálsamo para la vida social del balneario. El propio Goizueta no duda en resaltar cómo, a pesar de su escaso número, su alegría y su talento musical lograban transformar la rutina de un lugar poblado, en su mayor parte, por verdaderos enfermos en busca de curación.

Entre las señoras y señoritas que frecuentaban los salones destacaban muy especialmente las del general Figueroa, a quienes el periodista define como «alegres y complacientes en extremo». Aquellas dos jóvenes, que además eran primas, se convirtieron en las verdaderas animadoras de las veladas veraniegas.

El contraste entre su repertorio y los medios de los que disponían no podía ser más pintoresco. Mientras una de ellas interpretaba con aire festivo playeras y soleares al son de una guitarra bastante desvencijada, la otra se ponía a los mandos del piano del establecimiento —un instrumento algo «cencerril»—. Sin embargo, las limitaciones del piano no eran obstáculo para apreciar su enorme talento: discípula de doña María Martín, —quien fuera nada menos que la reputada profesora de piano de las infantas de España—, la joven ejecutaba obras de Beethoven y Mendelssohn con una soltura admirable. El cronista elogia sin reservas su excelente pulsación y la facilidad y seguridad con la que abordaba pasajes técnicos harto comprometidos, augurándole un brillante porvenir entre las grandes pianistas de la época.

Gracias a su constante estudio y a su disposición para hacer agradable la estancia a los demás, estas jóvenes aportaban la nota de frescura y distinción que convertía las tardes del manantial en momentos de auténtico alivio para todos los pacientes.

La «dama-duende»: el fantasma cervantino de Alzola

Fotografía de Goizueta
Fotografía del periodista José María de Goizueta (1863)

No todo en el balneario eran veladas armoniosas ni partidas de tresillo entre risas. En mitad de aquel ambiente jovial, la crónica de Goizueta da un giro inesperado para introducir una figura enigmática que aportaba un toque lúgubre a la vida cotidiana de Alzola.

El periodista relata la aparición repentina —por fortuna poco frecuente— de una dama ya entrada en años, de alta estatura y aspecto sombrío. Con fina ironía, la describe como que aparenta haber cumplido ya cien años, llamándola la «vera efigie de la célebre doña Rodríguez inmortalizada por Cervantes en el Quijote». Era el retrato vivo del rigor más estricto, la rigidez social y el juicio severo hacia todo lo que fuera dinamismo o alegría. Como si de una leyenda medieval se tratara, esta misteriosa mujer aparecía y desaparecía por los pasillos como los fantasmas que habitan los castillos en ruinas.

El misterio que la rodeaba era absoluto. Por más que el intrépido periodista intentó averiguar su identidad entre los veraneantes más veteranos, solo obtuvo por respuesta silencios y significativos movimientos de cejas. Respetando el incógnito de tan tétrica visitante, Goizueta se limita a calificarla sin rodeos: una mujer de «muy mala sombra» cuyo influjo resultaba poco menos que maléfico en el balneario. Un temor supersticioso que el propio cronista remata con un expresivo e hilarante: «¡Dios me libre de ella!».

Bajo la experiencia de D. Vicente Urquiola

Vicente de Urquiola. Grabado publicado en El Anfiteatro Anatómico Español (1875), restaurado y coloreado digitalmente

El verdadero pilar sobre el que descansaba la confianza de todos los agüistas que llegaban a Alzola era la figura de su médico-director, el doctor Vicente Urquiola. Gozando de una justa y merecidísima reputación, el doctor Urquiola aportaba al balneario no solo el peso de su dilatada trayectoria y larga experiencia, sino también la aureola de un cirujano reputado que había ejecutado en su carrera operaciones arriesgadas y harto comprometidas con gran éxito.

En un entorno repleto de verdaderos pacientes aquejados por dolencias renales y urinarias, la presencia de Urquiola transmitía una tranquilidad absoluta. El cronista resume el sentir general de los veraneantes con una frase lapidaria: a sus manos y a su criterio «nos entregamos todos con grandísima fe».

Bajo su atenta supervisión médica, las propiedades naturales del manantial hacían el resto. El periodista concluye con un elogio rotundo al valor medicinal del manantial, subrayando que las aguas de Alzola son tan buenas como abundantes, produciendo en quienes las beben con rigor terapéutico unos «efectos asombrosos».

El intrépido bebedor de los 40 vasos: la «psicosis» de Alzola

Fuente de agua de Alzola. Imagen restaurada y coloreada digitalmente

Antes de recoger las maletas y emprender el camino de vuelta a la Corte, Goizueta se guarda en el tintero la anécdota más hilarante, disparatada y comentada, probablemente, de todo aquel verano. Una historia que encarna a la perfección la fe ciega —y casi desmesurada— que se le tenía al poder curativo de nuestra agua mineromedicinal.

El gran personaje de esta escena no es otro que un médico quien, según el cronista, con un «valor verdaderamente heroico», no se conformaba con las dosis habituales recetadas en el manantial. El hombre se dedicaba a ingerir diariamente la friolera de treinta y hasta cuarenta vasos de agua de Alzola.

Semejante hazaña hídrica no tardó en sembrar el pánico entre el resto de los veraneantes. Lejos de admirar la resistencia de su estómago, entre los huéspedes comenzó a extenderse una protesta tan seria como disparatada. Cundió entre los enfermos el temor real de que aquel intrépido bebedor terminara por agotar el manantial, dejando al resto de los pacientes privados de su remedio medicinal.

Firmada por José María de Goizueta un 27 de julio desde el corazón del valle del Deba, esta crónica publicada en La Época no solo nos legó un viaje inolvidable de un manantial que sabía curar el cuerpo y el espíritu de sus visitantes.

Transcripción literal de la crónica (La Época, 30 de julio de 1882)

El veraneo en Alzola. La Época (30-07-1882)
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* * *

EL VERANEO.

EN ALZOLA.

(De nuestro corresponsal.)

Llega el tren ascendente o descendente a Zumárraga, y allí está el famoso Marcelino Ugalde, para quien son los sólidos provechos de la estación veraniega de Guipúzcoa y mucha parte de Vizcaya.

No hay que ocuparse en nada: él es el factotum: en su casa se almuerza, mientras se preparan los carruajes que han de conducir a los viajeros a la mayor parte de los establecimientos balnearios y puertos de mar del Cantábrico, comprendidos entre el sombrío Machichaco y la ría de Orio.

Marcelino está en su elemento: recoge los equipajes, los rotula, los sube a la vaca de los ómnibus y diligencias o los sujeta a la zaga del carruaje particular que el viajero cómodo alquila para hacer el viaje con menos molestia: estos carruajes los hace pagar muy caros, bajo el pretexto de que tiene que hacer su Agosto, mes que, para el Sr. Ugalde, empieza en el último tercio de Junio y concluye a fin del verdadero mes de Agosto, que para Marcelino consta de 70 días.

Con su amabilidad característica, aunque a veces interesada, indica a los viajeros las fondas u hospederías donde deben alojarse con preferencia en los diversos puntos balnearios o puertos marítimos.

En una palabra, Marcelino Ugalde es la providencia de los viajeros veraniegos.

* * *

Una hora después de llegado a Zumárraga, subí a un ómnibus-correo, en que por fortuna no iba más que otro viajero, emprendiendo la marcha en dirección a Alzola.

Subimos la cuesta de descarga, de no muy grato recuerdo, y bajamos rápidamente hasta Anzuola.

Recomiendo a los viajeros que no pregunten en este pueblo dónde se vende seda, si acaso la necesitan, porque la respuesta no sería muy grata.

Sigue la bajada hasta la lindísima y aristocrática villa de Vergara (Bergara), deteniéndose hora y media el ómnibus-correo, para proseguir la marcha, siguiendo la orilla izquierda del rio Deva, pasando por Plasencia (Soraluze-Placencia de las Armas), las Armas, y Elgoibar, hasta llegar a Alzola a cosa de las dos y media de la tarde.

El paisaje que se atraviesa es en extremo pintoresco, y si se tiene la buena suerte de recorrerlo después de haber llovido, nada hay tan delicioso como el aspirar aquel ambiente húmedo y fresco, para los que viven asfixiados en la corte: sino ha llovido, el polvo que se levanta con tanto carruaje, que sin cesar recorre aquella carretera encerrada entre altísimas montañas, convierte en molinero al más pulcro viajero.

A pesar de las indicaciones del buen Marcelino, me pareció preferible la estancia en la fonda del señor Irazu, dueño del acreditado y antiguo parador real de San Sebastián, a la del establecimiento balneario, no sólo por su situación a la cabeza del puente por donde pasan todos los carruajes, sino por el inmejorable trato que en la citada fonda reciben los viajeros, sus habitaciones ventiladas, la amabilidad y el agrado con que procuran las señoritas de Irazu dar gusto a sus huéspedes, su excelente cocinero y la limpieza que se nota desde luego en las diversas dependencias de la fonda.

No es, pues, de extrañar que los que una vez se me alojen en la fonda de Irazu vuelvan siempre al mismo alojamiento, y que se aumente su número con otros nuevos de año en año.

* * *

En este momento nos encontramos en él, el tresillista impenitente, el tresillista teórico, el más agradable de los compañeros, D. Miguel Alegre, siempre amable con todos; pero muy particularmente con las señoras; y si empiezo la lista con este señor, es porque ocupa la presidencia en la mesa.

El antiguo diplomático D. Rafael Jabat, con su discretísima señora, que es el mejor ornamento de nuestra sociedad balnearia; D. Esteban Garrido, antiguo periodista, redactor conmigo de La España y Padre Cobos, que con su ingenio deleita a los demás; D. Manuel Calderón y Sánchez, cura ecónomo de la parroquia de Santa María de Madrid, sacerdote ejemplar muy instruido y de conversación amena en extremo; el antiguo jefe de nuestra marina militar, Sr. Lobaton y su hijo; el propietario granadino D. Andrés Marín y su simpática señora; la viuda de Hermida, Pilar Urbistondo, Mercedes Olavarrieta, María de Brunet y otras.

El sexo feo está en gran mayoría.

Alójanse en el establecimiento el señor marqués de Vallejo con su plácida y amable sonrisa en los labios; me regaló días pasados unas riquísimas anguilas, lo cual me obliga a calificarlo de excelente persona y de cumplido caballero; Luis Encomienda, tan conocido en esa corte, caballero muy serio que sólo se ríe cuando da codillo a Alegre; el Sr. Mantilla con su bella señora y una deliciosa niña; los senadores Estrada y Lorenzana, andarín de primera fuerza el último, y el conde de Plasencia con otros varios a quienes no conozco.

Entre el escaso número de señoras y señoritas, figuran las del general Figueroa: las últimas, alegres y complacientes en extremo, han animado el balneario hasta un punto indecible, cantando la una al son de desvencijada guitarra playeras y soleares; tocando la otra el piano algo cencerril del establecimiento de una manera muy notable, y que honra a su profesora doña María Martin.

La he oído interpretar la música de Mendelssohn, como no acostumbran a hacerlo la mayoría de las aficionadas: su predilección por los clásicos, la manera cómo siente a Beethoven y al ya citado Mendelssohn; la pulsación buena, la facilidad y seguridad con que ejecuta pasos bastante comprometidos, colocan a esta señorita, estudiosa en extremo, entre el escaso número de pianistas excelentes y de gran porvenir. Las dos primas son el centro a cuyo alrededor se forma un círculo de personas gravísimas por su edad y otras circunstancias, y hacen agradable la estancia en este balneario, no muy alegre de suyo, poblado como está de verdaderos pacientes.

No contribuye poco a darle cierto tinte sombrío la aparición repentina, aunque, por fortuna, poco frecuente, de cierta dama entrada en años, de luenga estatura, de aspecto tétrico, especie de dueña quintañona, vera efigie de la renombrada doña Rodríguez inmortalizada por Cervantes, que aparece y desaparece como los fantasmas de tristes presagios en las leyendas de los arruinados castillos de la Edad Media.

Nadie ha podido darme razón de quién sea la dama-duende en cuestión, y sólo contestan con un significativo movimiento de cejas aquellos antiguos concurrentes al balneario, a quienes se dirigen mis preguntas.

Respeto, pues, el incógnito de la dama, y sólo me limito a decir que tiene muy mala sombra, como se dice vulgarmente, añadiendo que la tal mala sombra ejerce un influjo maléfico é incontrastable en Alzola. ¡Dios me libre de ella!!!

* * *

Dirige la parte facultativa del establecimiento un médico de justa y muy merecida reputación, especialista para el tratamiento y curación de las enfermedades para cuyo alivio se acude a Alzola; la ciencia ayudada de la larga experiencia de D. Vicente Urquiola, hacen de este señor el director facultativo más idóneo para el balneario: ha practicado con un éxito felicísimo operaciones arriesgadas y muy comprometidas: Urquiola es nuestra providencia, y a su inteligente dirección nos entregamos todos con grandísima fe.

Las aguas son buenas y abundantes, produciendo su uso efectos asombrosos en los pacientes.

Entre éstos parece que hay un médico que, con un valor verdaderamente heroico, bebe treinta y hasta cuarenta vasos de este agua: he oído decir que se trata de elevar una protesta contra el intrépido bebedor, temerosos de que agote el manantial, quedando por ende privados del agua medicinal los demás pacientes: veremos si la protesta se realiza.

En otra carta daré detalles acerca de las localidades inmediatas, dignas de ser conocidas.

GOIZUETA.

27 de Julio.

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