Música, compositores y virtuosas en el Balneario de Alzola
22/05/2026A lo largo de los más de 175 años de esplendor de la Casa de Baños y el Balneario de Alzola, la música no fue un mero entretenimiento; formó parte fundamental de su ADN y de su propuesta de bienestar. Este rincón de Gipuzkoa y el prestigio de nuestras aguas minero-medicinales atrajeron, por un lado, a célebres compositores, músicos, músicas y cantantes de la época; por otro, la música funcionaba como una terapia para el alma y el perfecto hilo conductor de las tertulias y bailes que dinamizaban la temporada balnearia.
Una vez más, asomarse a la vida social de nuestro establecimiento es descubrir un hervidero de creatividad y alta sociedad. Gracias a fuentes documentales de incalculable valor, como el “Indicador de las Aguas termales alcalinas bicarbonatadas-azoadas (variedad litínica) de Alzola” publicado en 1891, podemos reconstruir con precisión la atmósfera de aquellas jornadas. Las crónicas de la época nos revelan que el salón de reuniones y baile de nuestro establecimiento “es bastante capaz y está decorado con muy buen gusto”.
En este distinguido espacio, los acordes cobraban vida gracias a dos instrumentos singulares: un piano vertical, testigo de interpretaciones íntimas y románticas, y un piano de manubrio o de cilindro, descrito en los archivos como un aparato “de reciente construcción, con escogidas piezas, y lleva el correspondiente montante para transportarlo de un punto a otro”, ideal para amenizar los encuentros más festivos y trasladar la melodía a las terrazas junto al río Deba.
Hoy hemos reunido en este artículo a algunos de los más brillantes artistas, virtuosos y partituras que nuestra salubérrima agua y estas viejas paredes tuvieron el placer de custodiar. Son notas que han quedado suspendidas para siempre en el eco de nuestra historia y que hoy nos permiten evocar las magníficas veladas musicales del Balneario de Alzola.
Aunque en las páginas de este blog ya nos sumergimos en la fascinante trayectoria del erudito Guillermo Morphy y la virtuosa Sofía Vela en su paso por Urberuaga de Alzola, la partitura histórica de nuestro manantial esconde muchos otros nombres que merecen ser rescatados del olvido. Preparemos el oído para un viaje en el tiempo a través de la banda sonora de las aguas de Alzola.
Guillermo Morphy y Ferriz de Guzmán: El joven virtuoso que llegaría a Consejero Real

El 23 de agosto de 1857, las páginas del periódico madrileño La España recogían las crónicas de la temporada estival en el norte. Entre la lista de distinguidos bañistas, el corresponsal destacaba la llegada de «las de Morphy con su hijo, uno de nuestros más inspirados músicos y hábiles pianistas».
Aquel prometedor veinteañero (nacido en 1836) que paseaba por los jardines del manantial no era otro que el futuro conde de Morphy. En el momento de su visita a Alzola, Guillermo Morphy ya causaba sensación en los salones de la alta sociedad por su arrollador virtuosismo al piano y un innato talento para la composición que florecía a las orillas del río Deba.
Más allá de las melodías que regaló a los bañistas de aquella temporada de 1857, Morphy estaba destinado a convertirse en una de las figuras más influyentes de la historia cultural de la España decimonónica. Años más tarde, asumiría el trascendental cargo de preceptor, consejero y secretario particular del rey Alfonso XII.
Desde esa posición de enorme influencia en la corte, se convirtió en el gran protector de las artes de su tiempo. La historia de la música universal le debe, entre otros méritos, el haber sido el principal mecenas y descubridor del célebre compositor Isaac Albéniz, a quien pensionó personalmente para que pudiera estudiar en el extranjero y desarrollar su genio. Asimismo, el conde de Morphy fue un absoluto pionero en la musicología española, rescatando del olvido las partituras históricas de los laudistas y vihuelistas del Siglo de Oro.
Sofía Vela y Querol: La voz que cautivó las noches de Alzola

Si el joven Guillermo Morphy ponía el virtuosismo al piano, la presencia de Sofía Vela y Querol en Alzola elevaba las veladas musicales a la categoría de auténticos conciertos de cámara. Definida en las altas esferas madrileñas como una «dilettante de primer orden», Sofía Vela fue una destacada compositora y cantante aficionada que poseía una bellísima voz de contralto y un talento musical riguroso que iba muchísimo más allá del simple entretenimiento doméstico de la época.
Su relevancia en la escena artística del siglo XIX queda plenamente atestiguada por su estrecha vinculación con los grandes creadores de su tiempo. Su propio hogar en Madrid albergó uno de los salones literarios y musicales más influyentes de mediados de siglo, un punto de encuentro neurálgico donde se daban cita los mejores pintores, músicos y escritores de la época decimonónica. De hecho, su consagración histórica y su pasión quedaron inmortalizadas para siempre en 1850, gracias al célebre pintor de la corte Federico de Madrazo, que realizó un bellísimo retrato de Sofía Vela. Lo verdaderamente significativo de esta obra maestra es que Madrazo decidió romper con los posados genéricos de la aristocracia para retratarla sosteniendo una partitura musical en su mano derecha, dejando una constancia gráfica e histórica indiscutible de su identidad creativa y su genialidad.
El rumor de las tertulias nocturnas
La llegada de personalidades de este calibre transformaba por completo la rutina del establecimiento. El cronista Pedro Fernández, en una evocadora correspondencia publicada en el periódico La Época el 22 de agosto de 1857, nos describe con precisión milimétrica cómo la música y la convivencia dictaban el ritmo del verano en nuestro manantial:
«Los días se pasaban agradablemente entre bromas y expediciones campestres; y por las noches se cantaba o se bailaba hasta las nueve, hora en que la campana llamaba para la cena, volviendo a empezar después de esta la tertulia algunas veces».
Es fácil imaginar el salón de Alzola iluminado, el rumor del agua del río Deba de fondo, y a los bañistas congregados en respetuoso silencio mientras la portentosa voz de Sofía Vela interpretaba romanzas y piezas de su propia autoría, convirtiendo al balneario de Alzola en un templo de salud para el cuerpo y el espíritu.
Virginia Burriel: La virtuosa del armoniflute y confidente de la Corte

La nómina de damas ilustres que honran la historia musical de Alzola cuenta con otro nombre excepcional: Virginia Burriel de San Juan. Al igual que su contemporánea Sofía Vela, Virginia recibió una esmerada y rigurosa educación musical, pero su perfil artístico resulta verdaderamente fascinante y único en la crónica del siglo XIX por motivos que escapan a la norma de la época.
Lejos de limitarse a las nociones básicas de piano que la etiqueta dictaba para las jóvenes de la alta sociedad, Virginia Burriel sorprendió a sus contemporáneos por el dominio de instrumentos singulares y de gran complejidad técnica, como el armonio y, muy especialmente, el armoniflute —un curioso instrumento de viento y lengüeta que causaba furor en los salones más selectos de París y Madrid—.
Las crónicas estivales de la época la describen como una «consumada artista», un elogio que se comprende al revisar las complejas piezas que interpretaba: intrincadas paráfrasis sobre motivos de la ópera Fausto o la célebre y exigente romanza de Poliuto, de Gaetano Donizetti, que requerían un oído absoluto y una técnica brillante.
Un templo de la música y la política de «La Gloriosa»
La genialidad que Virginia desplegaba durante las temporadas de baño en Alzola era el reflejo de su intensa vida cultural en la capital. Su residencia en la Carrera de San Jerónimo de Madrid no era una simple tertulia de sociedad; era un auténtico templo de la música clásica y la literatura. Durante las décadas de 1860 y 1870, Virginia organizó allí célebres matinées musicales cuya altura interpretativa la equiparaba con los salones europeos más influyentes de París o Viena.
Su trayectoria personal explica a la perfección esta arrolladora capacidad de convocatoria. Educada en el propio Palacio Real, Virginia Burriel creció como compañera de juegos y confidencias de la reina Isabel II y de la duquesa de Montpensier. Esta posición de privilegio en el engranaje del Estado le permitió congregar en su salón no solo a los literatos y artistas más eminentes de su tiempo, sino también a las figuras políticas clave que, poco después, desencadenarían la histórica Revolución de 1868, conocida como «La Gloriosa».
¿Isaac Albéniz en Alzola? El enigma estival de un genio de veinte años

Si las crónicas anteriores nos devuelven certezas, las páginas del periódico madrileño El Liberal del 16 de julio de 1880 nos sumergen en uno más de los enigmas de nuestra historia. En la lista oficial de distinguidos bañistas que acababan de inaugurar la temporada en la Casa de Baños, el corresponsal anotó un apellido que hoy hace palidecer a los melómanos: Albéniz.
La presencia de este apellido en Alzola durante el ecuador de 1880 desata una hipótesis historiográfica de una solidez asombrosa. En ese mismísimo verano, un jovencísimo Isaac Albéniz (nacido en mayo de 1860) acababa de cumplir los veinte años. Solo unas semanas antes, en mayo de ese año, el genial músico catalán se había graduado con los máximos honores en el Conservatorio de Bruselas.
¿Cómo llegó aquel estudiante brillante a las aguas de Gipuzkoa? La respuesta nos devuelve al inicio de nuestra crónica: Albéniz había podido formarse en Europa gracias, precisamente, al mecenazgo, protección e influencia del conde de Morphy, quien veintitrés años antes ya había experimentado las virtudes curativas e inspiradoras del Balneario de Alzola. Resulta completamente natural pensar que el mentor recomendara a su joven y predilecto pupilo el mismo refugio que él guardaba en su memoria.
El descanso del guerrero antes de la gloria

Cronológicamente, la estancia en Alzola encaja a la perfección en la biografía del autor de la Suite Iberia. Tras la extenuante presión de sus exámenes en Bélgica y justo antes de iniciar en el otoño de 1880 una extenuante y ambiciosa gira de conciertos por toda la geografía española, Albéniz necesitaba un paréntesis de reposo absoluto.
Aquel verano de 1880, las salas de Alzola ¿pudieron ser el testigo silencioso de un genio concentrado, un pianista portentoso que buscaba en la paz del río Deba y en la pureza de nuestro manantial las fuerzas necesarias para cambiar la historia de la música universal? Aunque el registro de prensa solo nos legó un apellido, el hilo invisible que une a Morphy, Albéniz y Alzola nos hace soñar con esa posibilidad.
Zabaleta: El eco de los zortzicos que conmovió al balneario

La historia de los archivos a veces nos regala crónicas vibrantes donde los protagonistas quedan registrados únicamente por su apellido, espoleando nuestra curiosidad historiográfica. Es el caso del joven señor Zabaleta, un intérprete vasco cuyo rastro encontramos en una deliciosa crónica del periódico El Liberal publicada el 7 de agosto de 1880. Aquel verano, Zabaleta se convirtió en el alma de las noches de la Casa de Baños gracias a una voz capaz de conectar con la fibra más sensible de los residentes.
El corresponsal del diario madrileño describía así el ambiente y el rotundo éxito de su actuación en el salón del establecimiento:
«Gracias a tan numerosa concurrencia, la vida aquí no es ya, como al principio, monótona y enojosa. Sobre todo, las veladas en el salón de la fonda del establecimiento cada día ofrecen mayor atractivo. La última, la de anoche, la amenizó el joven Sr. Zabaleta, cantando de la macera inimitable que sabe hacerlo los zortzicos de Iparraguirre Adiós y Guernicaco Arbola y el zortzico de Avelino Aguirre, Bilbao. Los concurrentes aplaudieron con entusiasmo al cantor vascongado que con tanta verdad como sentimiento interpreta las bellezas de esa música característica y popular. Por fortuna, no será esa la última noche en que el Sr. Zabaleta nos favorezca».
La vigencia del gran bardo vasco
El repertorio elegido por el Sr. Zabaleta en aquella velada de agosto de 1880 encierra una carga emocional y política descomunal. En ese preciso verano, José María Iparraguirre, el gran bardo vasco, ya había regresado de su largo y penoso exilio en América y apuraba sus últimos meses de vida (fallecería el 6 de abril de 1881).
Que un joven intérprete defendiera sus canciones con un éxito tan arrollador en un salón abarrotado de bañistas llegados de todos los puntos de España demuestra la vigencia absoluta y el impacto cultural de la obra de Iparraguirre, cuyo himno Gernikako Arbola ponía los pelos de punta a la concurrencia.
Asimismo, la crónica menciona que Zabaleta interpretó el zortzico «Bilbao» de Avelino Aguirre, un pianista y compositor bilbaíno fundamental en la época. Esto nos confirma que el misterioso cantor no era un aficionado improvisado, sino un músico totalmente al día del repertorio lírico vasco más refinado, exigente y popular del momento.
Este fragmento de prensa es la prueba definitiva de cómo los salones de los balnearios vascos, y el de Alzola en particular, funcionaban como auténticos focos de difusión cultural. En ellos, la música popular y romántica de nuestra tierra se erigía en la reina absoluta de las veladas, uniendo a personas de distintas procedencias bajo el influjo de una misma melodía. Por fortuna, como concluía el cronista de 1880, aquella no fue la última noche que el Sr. Zabaleta favoreció al público de Alzola con su arte.
Tras la pista de una identidad: ¿Quién fue el Sr. Zabaleta?
Las investigaciones en los anales genealógicos y musicales de Gipuzkoa nos ofrecen una pista que encaja con asombrosa precisión cronológica. En 1854 nacía en Berástegui, don Ildefonso de Zabaleta y Echevarría. Cuando las crónicas de El Liberal retratan las veladas de Alzola en agosto de 1880, este prometedor tenor contaba con apenas 26 años de edad; pero ¿esta cifra justifica el apelativo de «joven Sr. Zabaleta» con el que el corresponsal alabó su frescura y talento sobre el escenario?
Aunque la prudencia historiográfica nos obliga a mantener la autoría en vilo —pues los archivos decimonónicos a menudo esconden homónimos dentro de las grandes sagas familiares vascas—, la posibilidad de que fuera este talentoso joven de Berástegui quien prestó su voz a los zortzicos de Iparraguirre añade un matiz de indudable valor a nuestra crónica. Su eco, en cualquier caso, permanece ligado a la memoria del manantial.
Juan María Guelbenzu: El pianista de la reina que encontró su refugio en Alzola

Si la presencia de otros maestros en nuestro manantial se dibuja bajo el halo del misterio, la figura de Juan María Guelbenzu (1819-1886) nos ofrece una certeza documental absoluta y brillante. Gracias a las crónicas de la prensa madrileña, sabemos que el célebre músico no solo visitó el Balneario de Alzola, sino que lo hizo de forma recurrente en varias ocasiones. Así lo atestiguan cabeceras como El Diario Español el 26 de julio de 1880 y, apenas un año más tarde, el diario La Época el 22 de agosto de 1881, confirmando que Guelbenzu era un fiel devoto de nuestras aguas termales.
Hablar de Guelbenzu es invocar a uno de los pianistas y compositores más influyentes de la España del siglo XIX. Nombrado pianista de cámara de la reina Isabel II, su genialidad al teclado deleitó durante décadas a la corte, compaginando sus deberes reales con una labor cultural titánica: fue el gran impulsor y alma de la música de cámara en Madrid a través de la fundación de la célebre Sociedad de Cuartetos.
El nexo invisible de los salones de Alzola

La llegada de Guelbenzu a las temporadas de baño de 1880 y 1881 responde a una arraigada costumbre de la época decimonónica, donde los artistas de la corte buscaban el reposo estival y el alivio de sus dolencias en los balnearios del norte peninsular. Pero su estancia en Alzola encierra una coincidencia maravillosa que unifica toda nuestra crónica musical.
Este coloso del piano romántico compartía en Madrid exactamente los mismos círculos artísticos y salones privados que nuestras anteriores protagonistas, Sofía Vela y Virginia Burriel. Resulta conmovedor e históricamente legítimo imaginar que aquellas tertulias musicales de la Carrera de San Jerónimo o de las noches madrileñas se trasladaban, con los mismos protagonistas y bajo el influjo del mismo respeto artístico, al salón de la fonda de Alzola.
Entre el rumor salubre de los manantiales y el murmullo de la alta sociedad, las manos que ejecutaban las piezas privadas de la reina Isabel II acariciaron también las teclas del piano de Alzola, dejando una huella imborrable en el ADN de nuestro establecimiento termal.
Emilio Arrieta y Corera: El maestro de la ópera española que charlaba con Sagasta en Alzola

Hacia el final de la centuria, el magnetismo cultural y social del Balneario de Alzola no había perdido ni un ápice de su fuerza. Al contrario, seguía atrayendo a las máximas glorias de la nación. Gracias a una crónica publicada en el diario La Época el 26 de julio de 1890, constatamos la llegada al manantial de uno de los compositores más respetados, influyentes y queridos de todo el país: el gran maestro navarro Emilio Arrieta y Corera (1823-1894).
En aquel verano de 1890, Arrieta se encontraba en los últimos años de su fructífera vida. Ejercía como director del Real Conservatorio de Música de Madrid y arrastraba una trayectoria mítica como antiguo maestro de la corte y gran protegido de la reina Isabel II. Verle pasear por los jardines de Alzola era ver caminar a la historia viva de la música española; era el maestro que había moldeado y formado a las siguientes generaciones de compositores de nuestro país.
El eco de «Marina» y las confidencias políticas

Arrieta había alcanzado la inmortalidad musical gracias a «Marina», una de las obras cumbre del repertorio lírico español, estrenada primero como zarzuela en 1855 y brillantemente transformada en ópera en 1871. Pero su catálogo iba muchísimo más allá, abarcando decenas de zarzuelas inolvidables como El dominó azul o El grumete, además de delicadas canciones románticas como «Oh celeste dulzura» y «La niña abandonada», partituras que reflejan su absoluto dominio de la técnica musical y un conocimiento profundo y conmovedor de la voz humana.
Sin embargo, el recorte de prensa de 1890 nos regala un detalle sociopolítico fascinante. Durante su estancia estival en el Balneario de Alzola, Emilio Arrieta compartía largas charlas y paseos con su íntimo y buen amigo Práxedes Mateo Sagasta, el célebre político y presidente del Consejo de Ministros.
Resulta extraordinario imaginar a estas dos personalidades fundamentales de la España decimonónica —el maestro de la música y el estratega de la política— sentados frente al río Deba, discutiendo sobre el destino del país o el porvenir de las artes mientras disfrutaban del reposo y las virtudes medicinales de nuestra salubérrima agua. Una estampa irrepetible que consagra al Balneario de Alzola como un oasis de inspiración y confidencias al más alto nivel.
Mattia Battistini: «El Barítono de los Reyes» en Alzola

Si el verano de 1890 ya resultaba deslumbrante por la presencia del maestro Emilio Arrieta y el presidente Sagasta, una célebre crónica publicada por el prestigioso periodista Luis Morote en El Liberal el 17 de agosto de ese mismo año termina por encumbrar la temporada a los anales de la lírica mundial. Entre los huéspedes distinguidos del Balneario de Alzola, Morote anota de pasada un nombre que hacía temblar de emoción a los teatros de ópera de todo el planeta: «Battistini y señora».
Detrás de esa escueta mención se escondía el mismísimo Mattia Battistini (1856-1928), una auténtica leyenda de la música universal, considerado unánimemente por la crítica como uno de los barítonos más gigantescos y perfectos de toda la historia de la ópera. Su virtuosismo, su elegancia física y una técnica vocal pura y prodigiosa le valieron en los principales escenarios de Europa los apelativos más legendarios de su tiempo: era conocido como «El rey de los barítonos» y «El barítono de los reyes».
El refugio estival de una leyenda en su cúspide

Battistini sentía una devoción absoluta y correspondida por el público español. Durante décadas, pasó largas y triunfales temporadas en la península ibérica, donde sus actuaciones en el Teatro Real de Madrid desataban una auténtica locura colectiva entre los aficionados a la ópera decimonónica.
En ese preciso verano de 1890, el barítono italiano se encontraba en la cúspide absoluta de su carrera artística, de su madurez interpretativa y de su potencia vocal. Imaginar a esta megaestrella de la ópera mundial paseando del brazo de su esposa por los jardines de nuestra fonda, buscando el reposo, cuidando su garganta con el aire puro de Gipuzkoa y revitalizando su cuerpo con las aguas minero-medicinales de Alzola es algo verdaderamente extraordinario.
Aquel verano de 1890, el salón del establecimiento no solo reunió a la realeza de la política y de la composición española, sino que se convirtió en el exclusivo refugio de la máxima realeza de la lírica mundial.
José Tragó y Arana: El Maestro de Falla y Turina que veraneaba en Alzola

Si tuviéramos que buscar un músico que personificara la fidelidad al Balneario de Alzola durante el cambio de siglo, ese sería, sin duda, José Tragó y Arana. Gracias a un exhaustivo rastreo en las páginas de la prensa madrileña, hemos constatado que el insigne pianista y pedagogo madrileño eligió nuestro manantial como su refugio estival predilecto durante múltiples temporadas: encontramos su rastro en las listas de huéspedes de El Imparcial el 5 de agosto de 1887, en El Liberal en el 17 de agosto de 1890, en La Correspondencia de España el 11 de agosto de 1891 y, por partida doble, en las crónicas de El Demócrata y El Resumen el 6 y 7 de agosto de 1892, respectivamente.
Tragó fue un verdadero pilar de la música española, cuya huella sigue viva en cada conservatorio del país. Alumno predilecto del gran Georges Mathias en París (quien a su vez había sido discípulo directo de Frédéric Chopin), Tragó volcó toda su maestría en la cátedra de piano del Real Conservatorio de Música de Madrid. Su importancia histórica es monumental: fue el maestro y mentor que moldeó las manos y el genio de compositores universales de la talla de Manuel de Falla y Joaquín Turina.
Entre la realeza de la lírica y la aristocracia de Madrid

Las detalladas crónicas de la época nos permiten reconstruir con quién compartía mantel y tertulia el pianista Tragó en los salones de Alzola. El 17 de agosto de 1890, por ejemplo, El Liberal recoge que Tragó y su hermano coincidieron en las instalaciones con el mítico barítono italiano Mattia Battistini. Un año después, en agosto de 1891, las cartas enviadas desde el propio balneario describían un ambiente efervescente donde el «pianista Tragó» descansaba junto al poeta cordobés Antonio Fernández Grilo. Y en la siguiente temporada también regresaría tal y como consta en el El Demócrata publicado el 31 de julio de 1892. Lejos del bullicio de los grandes auditorios, las aguas bicarbonatadas y azoadas de Alzola ofrecieron a José Tragó el descanso y la salud necesarios para mantener la exigente actividad de su cátedra.
José Inzenga y Castellanos: El maestro del folclore

El rastreo en las listas de huéspedes de aquel mítico verano de 1890 nos depara un último misterio resuelto con absoluta emoción historiográfica. En la extensa crónica de Luis Morote en El Liberal del 17 de agosto, se cita la presencia del «Sr. Incenga y su esposa». Solo veinticuatro horas después, el 18 de agosto de 1890, el diario madrileño El Estandarte corregía la errata tipográfica de la imprenta y restituía la grafía exacta de su ilustre apellido: «Sr. Inzenga y su esposa», confirmando que el maestro se encontraba allí asentado, disfrutando de la temporada de baños y dispuesto a regalar su talento en nuestros salones.
Detrás de esta mención se encontraba José Inzenga y Castellanos (1828-1891), otra de las figuras clave del siglo XIX español. Compositor de zarzuelas y académico de la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando. Inzenga ha pasado a la posteridad como uno de los primeros y más importantes recopiladores de música folclórica de nuestro país, firmando una obra tan mítica e imprescindible como «Ecos de España».
Una velada inolvidable en el salón
Lo verdaderamente extraordinario de la crónica de Morote es que nos permite colarnos en el salón de Alzola y presenciar una velada inolvidable. En ella, vemos al veterano catedrático y maestro consumado sentarse al piano de la fonda con total naturalidad para ejercer de acompañante. ¿La solista? La «bella señorita Álvarez», hija de un reputado médico homeópata de Madrid, que también figuraba en la lista de huéspedes.
La joven se dispuso a interpretar trozos escogidos de diferentes óperas. Reconstruir la escena estremece: cantar en ese salón debió de requerir un valor impresionante. La señorita Álvarez tenía en primera fila a Mattia Battistini (la mayor estrella de la ópera mundial del momento), al maestro Inzenga gobernando las teclas y al catedrático José Tragó escuchando con atención.
Aquel salón de Alzola se transformó, por una noche, en el tribunal musical decimonónico más exigente que se podía reunir. Por fortuna, la joven pasó la prueba con creces: Morote dejó constancia de su «extensa y bonita voz», bendecida por el aplauso de los grandes maestros.
El hallazgo histórico: La seguidilla “Recuerdo de Alzola”

El estrecho vínculo del maestro Inzenga con nuestro establecimiento fue mucho más allá de las veladas improvisadas al piano. La prueba definitiva de la inspiración que despertaba este rincón de Gipuzkoa es el hallazgo de una maravillosa pieza musical titulada, de forma inequívoca, “Recuerdo de Alzola”.
Se trata de una delicada seguidilla —una composición lírica de corte popular— nacida de la colaboración directa de dos gigantes que compartieron confidencias bajo el influjo de nuestras aguas termales. La música fue compuesta por el propio José Inzenga, mientras que la poesía que le da vida brotó de la pluma del célebre poeta cordobés Fernando Grilo, a quien las crónicas también sitúan veraneando en nuestro establecimiento.

Lo más fascinante de este «Recuerdo de Alzola» es su dedicatoria: está consagrada a otro de los asiduos del manantial, don José Luis Retortillo e Imbrechts (primer marqués de Retortillo). La presencia constante de este aristócrata y diplomático en la temporada de baños queda atestiguada al revisar las listas de veraneantes publicadas en la prensa a lo largo de tres décadas: desde los registros de El Contemporáneo en el lejano agosto de 1861 hasta las listas de huéspedes de El Liberal y El Estandarte en el verano de 1890, donde figuraba precisamente junto a Inzenga.
Esta dedicatoria musical no es casual; demuestra que el marqués de Retortillo formaba parte de ese selecto grupo de amigos y mecenas con los que los artistas compartían mantel y confidencias a la orilla del río Deba, consagrando este «Recuerdo de Alzola» como el testimonio vivo del refinamiento y la profunda camaradería creativa que se respiraba en nuestras estancias.
Antonio Fernández Grilo: El poeta de la corte que escribía al compás de nuestra agua

Para comprender la atmósfera cultural del Balneario de Alzola, es preciso recordar que la música del siglo XIX caminaba de la mano de la gran poesía romántica. No eran disciplinas estancas. Por eso resulta del todo natural que en las crónicas de la temporada de baños emerja, con una fidelidad asombrosa a lo largo de más de una década, el nombre del literato más aplaudido, leído y célebre de la España de la Restauración: el poeta cordobés Antonio Fernández Grilo.
Grilo no era un escritor cualquiera; era el protegido de los reyes Alfonso XII y María Cristina, y ejercía como el alma indiscutible de las veladas aristocráticas de Madrid. Allí donde él recitaba, se sentaban al piano creadores e intérpretes de primer nivel. Su sintonía con los músicos de su tiempo era absoluta, hasta el punto de que los poemas de Grilo eran constantemente transformados por los grandes maestros de la época en inspiradas melodías para canto y piano, romanzas y composiciones líricas de salón.
Un oasis creativo a lo largo de las décadas

Ese magnetismo que desplegaba en los palacios de la capital se trasladó de forma intacta a nuestro manantial, donde Grilo fue un asiduo de nuestras aguas minero-medicinales. Las páginas de la prensa madrileña siguen su rastro estival de forma recurrente: en agosto de 1882, los diarios El Día y El Liberal celebraban su llegada al establecimiento, destacando cómo compartía jornadas de descanso con el Sr. Badillo, un reputado profesor de piano de Bilbao, buscando ya desde entonces la alianza con los hombres del teclado.
Años más tarde, las correspondencias enviadas desde el propio balneario a La Correspondencia de España y El Diario Español en el verano de 1891 le sitúan compartiendo tertulia en la fonda con el propio Práxedes Mateo Sagasta y el ministro de Fomento, Santos Isasa. Incluso en agosto de 1895, El Liberal relata que, tras una concurrida temporada cuidando su salud en el manantial, el poeta Grilo partía rumbo a Biarritz, dejando tras de sí el eco de sus versos en la colonia de veraneantes.
Lejos del protocolo de la corte madrileña, la sensibilidad lírica de Fernández Grilo encontró en el paisaje de Gipuzkoa y en el ambiente refinado de nuestro establecimiento el espacio ideal para la creación. Al confluir en las estancias de Alzola con los compositores que también buscaban reposo en el norte, Grilo se convirtió en el colaborador perfecto para poner rima y métrica a las melodías que nacían junto al río Deba. Su paso por nuestro manantial dejaría una huella imborrable, convirtiéndose en el coautor de una de las páginas más bellas, exclusivas e inéditas de nuestro archivo histórico musical.
Aureliano Valle Tellaeche: El alma del Orfeón Bilbaíno en el manantial

Si las crónicas de décadas anteriores nos han devuelto el eco de la ópera mundial y los salones de la corte de Madrid, el colofón de esta andadura musical nos conecta de forma directa con la auténtica aristocracia de la música vasca. Gracias a una detallada correspondencia de «Notas veraniegas» publicada en El Heraldo de Madrid el 15 de agosto de 1896, podemos revivir con absoluta nitidez una de las veladas benéficas y festivas más hermosas de la historia de nuestro manantial.
La crónica relata que el establecimiento de Alzola se veía cada vez más concurrido de agüistas y que la fiesta fue organizada con un gusto exquisito por una figura entrañable y habitual de nuestras temporadas: Doña Candelaria Ruiz del Árbol, viuda de Herrero, empeñada en proporcionar un rato agradable a la colonia veraniega y, al propio tiempo, dejar un recuerdo cariñoso en forma de limosnas para los pobres de la comarca.
En aquel salón perfumado de flores, dos jóvenes descritas por el cronista como «encantadores ángeles de la caridad» recogían los donativos en una bandeja de plata: la bella Conchita Pozo —hija del juez de Buenavista de la corte madrileña—, quien cantó con muchísimo gusto varios trozos de ópera, y la hermosa Felipa Tomé, encargada de recitar un lindo monólogo. Tras ellos, los hermanos Zendoya demostraron una destreza singular tocando a cuatro manos en el piano de la fonda.
El zortzico del maestro Aureliano Valle

Pero el hito verdaderamente histórico de la velada llegó cuando se sentó ante el teclado el director del Orfeón Bilbaíno. Aunque el periódico omitió su nombre por ser una celebridad de sobra conocida por los lectores del norte, la cronología de los archivos corales nos revela su identidad sin género de duda: se trataba del insigne compositor y director Aureliano Valle Tellaeche.
Bajo su batuta, la Sociedad Coral de Bilbao se había consolidado como uno de los focos musicales más potentes, respetados y laureados de España. Aquella noche de agosto de 1896, contagiado por la alegría y el talento de la juventud del balneario, el maestro Aureliano Valle compuso e interpretó un emotivo zortzico dedicado especialmente a las señoritas de la fiesta, una pieza preñada de ritmo vasco que despertó un aplauso entusiasta y unánime en el salón.
Como concluía con nostalgia el cronista de El Heraldo, la velada benéfica terminó de la única manera en que pueden terminar las noches donde se desborda la alegría y la juventud: «bailando hasta el amanecer». De aquella mágica jornada de música, solidaridad y danza a la orilla del Deba quedó un grato recuerdo que, ciento treinta años después, vuelve a cobrar vida en las páginas de nuestra historia.





