La carta de un bañista de 1850 sobre Alzola
15/12/2025
En el otoño de 1850, cuando el balneario de Alzola apenas llevaba cuatro años en funcionamiento, descubrimos una de las primeras referencias de un bañista que decidió compartir públicamente su experiencia y los beneficios que había experimentado tomando las aguas termomedicinales de nuestro manantial. Su autor, Antonio Hernández Blancas, abogado madrileño, llegó al establecimiento por recomendación del reconocido médico donostiarra Manuel Mateu y Fort. Su carta, publicada en El Clamor Público el 22 de octubre de 1850, es un valioso testimonio de época que nos permite descubrir cómo era entonces nuestro establecimiento de baños.

La transcripción respeta el contenido original, aunque se han ajustado las grafías a la norma ortográfica vigente. Así mismo, las fuentes gráficas sobre Alzola en torno a 1850 son escasas y no se conservan imágenes originales del interior del balneario. Por este motivo, hemos seleccionado algunas referencias visuales de aquella época —aparatos de hidroterapia, vestimentas de baño y paisajes del entorno— que ayudan a recrear el ambiente en el que se escribió esta carta.

—AGUAS DE ALZOLA. —Señores redactores de El Clamor Público:
Muy señores míos: Espero se servirán Vds. reproducir en su apreciable periódico un artículo que escribí para la Crónica de Guipúzcoa, con fecha 19 de setiembre próximo pasado. Impreso después de mi salida, contiene algunas ligeras equivocaciones en lo material del lenguaje, y solo me mueve a reproducirlo el deseo de rectificarlas, sino el de extender el resultado benéfico que he visto producir a las aguas y baños termomedicinales de Alzola.

El comunicado dice así:
Señores redactores de La Crónica de Guipúzcoa:
Muy señores míos: Escribiendo Vds. un periódico que se refiere a intereses materiales del país, supongo que admitirán en él con facilidad todo lo que a ellos se dirija. Ni en Madrid, ni en San Sebastián, donde he permanecido recientemente dos meses, había oído nombrar los baños y aguas termomedicinales de Alzola, hasta que el doctor don Manuel Mateu me dirigió a ellos. He preguntado después de saber su nombre y pocos las conocen.

En vista de sus benéficos resultados en distintas personas, de la asiduidad y esmero con que se asiste, del ilustrado facultativo que las dirige y del pintoresco sitio que ocupan, llama la atención el que sean tan poco conocidas. Entre encomiarlo todo y no publicar nada cabe un justo medio, porque hay cosas y hechos que no se adivinan. Tuvo su origen este establecimiento en el año de 1846, y cuatro años eran y son suficientes hasta para juzgar por resultados.

Mi objeto al nombrar estas aguas es que se excite sobre ellas la curiosidad y que produzcan todo el bien de que son capaces en el mayor número de personas posible. No tengo otro móvil. Para llevar a cabo mi empresa, me encuentro con el inconveniente de ser ajeno a la facultad, de no conocer su tecnicismo y de estar convencido de que el que copia ideas de otro, en materia a la que es extraño, tiene la triste facultad de estropear con todo cambio de palabras sin mejorar jamás un pensamiento.

No obstante, el alivio que he sentido en mis males, al oír a muchos que se han restablecido completamente de sus padecimientos, y el haber visto usar las aguas a personas sanas sin experimentar quebranto, me hacen conocer su bondad, aunque no pueda describirla con las palabras de la ciencia. Más todavía, creo que, las materiales impresiones, y consecuencias que me han causado y he visto causar a otros, puedo decirlas sencillamente y proporcionar ocasión a los facultativos de sacar con ellas deducciones precisas.

El agua es inodora, no tiene sabor, o es tan pequeño, que apenas se percibe; está templada y no causa repugnancia. A los dos o tres días de hacer uso de ella, la ropa, la cama, el cuerpo y sus secreciones despiden un olor especial y como resinoso, sin duda, consiguiente a su influencia. Escita la transpiración, deshace la piedra y supongo que su principal aplicación se refiere a los males de la vejiga, haciendo desaparecer las retenciones y los catarros crónicos con sus inmediatas consecuencias.

La he visto aplicar a palpitaciones del corazón y la he tomado para una excitación nerviosa con resultados inmediatos y positivos. A todos mis compañeros de temporada he oído que a cierto tiempo de usarla produce una irritación local, con la que parece se indica que debe terminar su uso, y los que habían tomado impunemente seis, ocho y más vasos, no pueden tomar uno al día sin experimentar una contraindicación manifiesta.

Propinada en baño, produce sobre la piel una impresión de suavidad como la del jabón. El establecimiento se fundó, como he dicho, en 1846, por una sociedad que emitió cierto número de acciones, cuyos dividendos hasta hoy han sido pasivos y uno de sus socios lo lleva en arrendamiento por una cantidad anual alzada, pero con intervención para que se fijen con exactitud los rendimientos de que es capaz.

Existe en el lugar de Alzola, jurisdicción de la villa de Elgoibar, en un ramal que sale del camino real que media entre Vergara y Deva. Está a la margen izquierda del río que lleva este nombre, encontrándose a los 43° 7, 21′ de latitud N. y 1° 19″ 24″ de la longitud E del meridiano de Madrid. El edificio es cuadrilongo de tres pisos altos y cuarenta cuartos espaciosos, además de los salones de reunión y pieza de billar.

Ocupa un sitio pintoresco rodeado de montañas donde la vegetación es rica y constante. El local de los baños está más bajo, formando dos cuerpos el edificio, pues tuvieron que buscar el sitio en donde nace el manantial. Otros con mayores elementos harán una más minuciosa descripción; pero creo que baste lo dicho para mi objeto, que es llamar la atención sobre unas aguas prodigiosas para ciertos y determinados padecimientos, y este pensamiento creo que estará completamente de acuerdo con la índole del periódico que Vds. redactan. Alzola 19 de septiembre, 1850.
Este es el artículo cuya reproducción espera de Vds. su seguro servidor y suscritor A. H. B. Madrid, 17 de octubre 1850.
Antonio Hernández Blancas.

Esta carta, redactada a mediados del siglo XIX, constituye hoy un documento excepcional para comprender los primeros años del balneario de Alzola. Aunque varios médicos ya habían destacado las propiedades de nuestra agua, su relato aporta la perspectiva poco habitual —y temprana— de un bañista que quiso compartir, movido por la gratitud y de forma abierta, la mejoría observada y animar a otros a conocer el establecimiento de Alzola.

Recuperar su voz 175 años después nos recuerda cómo la reputación de Alzola se ha construido, desde sus inicios, gracias a quienes, desde sus propias vivencias, confiaron en la calidad de nuestra agua mineral natural. Este testimonio de uno de los primeros alzólicos anónimos conecta con los estudios y observaciones del Dr. Gorgonio Elías Ossoro, el primer director interino del balneario de Urberuaga de Alzola entre 1846 y 1858.




