«Viciosos de agua»: La histórica pasión de la Península Ibérica por el agua pura
05/10/2026
Mientras en la Europa del Siglo de Oro el vino y la cerveza dominaban la mesa cotidiana, los habitantes de la Península Ibérica fascinaban a los viajeros extranjeros por un hábito inusual: bebían agua con una frecuencia, entusiasmo y fruición nada habituales en otras latitudes. Esta pasión por la hidratación pura y fresca convirtió al agua en el centro de la vida social, la salud y las celebraciones de la época.
El asombro de los viajeros: Un país obsesionado con el agua

Cuando los cronistas y diplomáticos europeos recorrían la Península Ibérica durante los siglos XVI y XVII, no salían de su asombro. En un continente donde el agua de río solía ser insalubre y el consumo de alcohol era la norma diaria, los españoles destacaban por una costumbre singular: bebían agua a todas horas y con una fruición insólita.
El caluroso clima de la España interior obligaba a reponer líquidos constantemente. A esto se sumaba la propia dieta castellana. El viajero francés Barthélemy Joly, a comienzos del siglo XVII, buscó una explicación gastronómica a esta sed insaciable: anotó que en Castilla se especiaban tanto los guisos con pimienta —buscando una buena digestión— que no quedaba más remedio que recurrir constantemente al agua para refrescar el paladar. Sin embargo, las razones iban mucho más allá del clima cálido o del picante en las comidas: hundían sus raíces en la salud, la cultura y la búsqueda de la pureza.
La herencia hispanomusulmana y mudéjar de la sobriedad y la salud

Esta pasión por el agua bebía directamente de la tradición hispanomusulmana y mudéjar. Las normas del Corán, al prohibir el consumo de vino, promovieron durante siglos el desarrollo de una rica cultura del agua y de bebidas no alcohólicas. Ya en 1494, el médico y viajero alemán Jerónimo Münzer observó con admiración a la población morisca de Granada:
«Gente que vive con extrema sobriedad, no bebe más que agua, goza de excelente salud y, sin duda, por ser sobria, las epidemias no hacen en ella tanto estrago como entre los cristianos».
El consumo de agua no era una simple necesidad fisiológica; era un pilar de salud preventiva. En una época asolada por pestes y contagios, elegir un agua pura, ligera y cristalina era la mejor garantía de bienestar corporal.
El agua muy fresca antes del chocolate: Un remedio preventivo

Con la popularización del consumo de chocolate a principios del siglo XVII, este se convirtió en una auténtica devoción social consumida en grandes cantidades. Sin embargo, en la medicina galénica de la época, el chocolate se consideraba una bebida muy «cálida», densa y pesada para el estómago.
Para prevenir molestias digestivas, pesadez o recalentamiento hepático, la norma médica y social dictaba beber un gran vaso de agua muy, muy fresca justo antes de tomar el chocolate. Como reflejó la condesa Madame d’Aulnoy en sus crónicas del Madrid de 1670, las damas y caballeros consideraban rotundamente «malsano el no hacerlo», instaurando el agua como el protector digestivo indispensable antes de la merienda.
El arte de las aguas aromatizadas: Sabores y aromas del Barroco

El agua no solo se consumía clara; la sociedad barroca sentía verdadera fascinación por las aguas compuestas o aromatizadas, servidas muy frías gracias al uso de la nieve traída de las montañas:
- Flores y esencias: Eran muy populares las aguas perfumadas con agua de azahar (flor del naranjo), jazmín y pétalos de rosa.
- Frutas de estación: Se elaboraban refrescos macerando guindas, limones, agraz (jugo de uva agria), membrillo, granada o melón, aportando acidez y un matiz refrescante.
- Especias y plantas aromáticas: Se enriquecían con canela, hinojo, menta y alhucema (lavanda), así como en la famosa aloja, una bebida a base de agua, miel y especias finas servida en las alojerías de los teatros y paseos.
«Fiesta y agua»: La diversión en la España de los Austria

A diferencia del resto de Europa, donde la fiesta iba ligada inequívocamente al exceso de alcohol, en la España de los Austria era plenamente habitual el concepto de «Fiesta y agua»:
- Paseos y meriendas en el río: En las salidas campestres del primero de mayo a orillas del Manzanares o del Guadalquivir, las familias llevaban sus viandas (jamón, pollos, huevos duros y ensaladas de ajo) y pasaban la tarde tocando la guitarra y bebiendo agua fresca servida por los aguadores.
- Brindar con agua en las grandes ocasiones: Un testimonio gráfico de este fervor ocurrió durante la entrada triunfal en Madrid de la princesa María Luisa de Orleans, prometida del rey Carlos II, en noviembre de 1679. Madame d’Aulnoy relata cómo en las calles y casas particulares se dispusieron grandes mesas de comida donde la multitud consumía ingentes cantidades de agua para «brindar a la salud de sus Majestades».
El agua en el Siglo de Oro, un placer al alcance de todos

En una sociedad marcada por las desigualdades de la época, el agua en la España del Siglo de Oro representaba uno de los pocos placeres democráticos y universales al alcance de todas las clases sociales. Desde la copa de cristal servida al aristócrata hasta el trago del campesino en la fuente pública, el acceso al agua pura era sinónimo de vida, salud y gozo.
Hoy, en Alzola Basque Water, mantenemos viva esa misma herencia: el valor inestimable de disfrutar de un agua mineral natural pura, fina y equilibrada, concebida por la naturaleza como un placer cotidiano para cuidar de nuestra salud.





