Doña Ignacia Bernaldo de Quirós en el Balneario de Alzola
22/09/2026
La historia del Balneario de Alzola está profundamente unida a las crónicas sociales, políticas y culturales de los siglos XIX y XX. Por sus salones y habitaciones discurrieron políticos, intelectuales y aristócratas que buscaban en el valle del Deva la pausa, el aire puro y las virtudes curativas de nuestras aguas mineromedicinales. Entre los tesoros que guardan las hemerotecas de la época, una breve y elegante reseña publicada en el diario madrileño El Universo el 24 de septiembre de 1920 —y replicada en La Publicidad un día después— nos dejó una nueva pista de gran valor para recomponer nuestra historia:
«Han regresado: de Alzola, la viuda de don Alejandro Pidal e hijas».
Detrás de esta escueta línea se encuentra una de las mujeres más respetadas, caritativas y discretas de la alta sociedad de la Restauración: doña Ignacia Bernaldo de Quirós y González de Cienfuegos. Su presencia en Alzola en el otoño de 1920 abre la puerta a un recorrido fascinante por una saga familiar colosal, marcada por el poder político, la tragedia, la fe y la profunda vinculación con el norte de España.
La familia Pidal en el Balneario de Alzola

La presencia de la familia Pidal en el valle del Deva no fue una anécdota aislada de la posguerra o de los años veinte. Las hemerotecas nos descubren que el clan ya confiaba en las virtudes mineromedicinales de nuestro establecimiento vasco décadas antes. Sin ir más lejos, el diario La Unión Católica señalaba el 15 de julio de 1897 que:
«el Sr. Marqués de Pidal marchará en breve a los baños de Alzola».
Aquel ilustre visitante era don Luis Pidal y Mon (1842-1913), II marqués de Pidal, —hermano mayor de Alejandro Pidal y cuñado de doña Ignacia Bernaldo—. Abogado que ejerció como ministro de Fomento en 1899, embajador en Roma y presidente del Consejo de Estado, además de prolífico autor de obras sobre el catolicismo. Este dato evidencia que nuestro balneario era ya un punto de encuentro habitual para los miembros de esta influyente saga, anticipando los desplazamientos que la propia matriarca, Ignacia Bernaldo de Quirós y González de Cienfuegos, realizaría años más tarde, como veremos a continuación.
Una estirpe asturiana de raigambre e hidalguía

Nacida en Oviedo el 24 de julio de 1847, doña Ignacia pertenecía por derecho propio a la más rancia nobleza asturiana. Era hija del II marqués de Campo Sagrado, José Manuel Bernaldo de Quirós y Mariño de Lobera, y de Francisca González Cienfuegos. Así como hermana del diplomático VIII marqués de Campo Sagrado, José María Bernaldo de Quirós y González de Cienfuegos (1840-1911) que fue embajador de España en Constantinopla, Atenas y San Petersburgo.
En 1868, con veintiún años, Ignacia Bernaldo de Quirós contrajo matrimonio con Alejandro Pidal y Mon (1846-1913) y consta que en 1874 vivían en el número 28 de la madrileña calle de San Jerónimo. Él nunca ostentó el título de marqués de Pidal (que heredó su hermano Luis), pero fue una figura política y cultural colosal en la España de la Restauración: fue presidente del Congreso de los Diputados, embajador ante la Santa Sede y director de la Real Academia Española, además de ocupar sillones de número en la Real Academia de la Historia y en la de Ciencias Morales y Políticas.
Tanto Alejandro como su hermano Luis compartieron una estrecha protección e influencia sobre el futuro filólogo Ramón Menéndez Pidal (hijo de su prima hermana Ramona Pidal), y el propio Alejandro fue el propietario del célebre manuscrito original del Cantar de mio Cid, pero a eso llegaremos más tarde. La enorme influencia política de don Alejandro Pidal y Mon y su firme defensa del catolicismo político le granjearon rivales encarnizados, pero también un poder indiscutible en su tierra natal. Debido a sus métodos de control e influencia en la provincia, el célebre escritor asturiano Leopoldo Alas «Clarín» bautizó irónicamente a Alejandro con el sobrenombre de «el zar de Asturias» en sus artículos periodísticos. Este inmenso peso político y su conocida red de apoyos venían de una estirpe de gran calado público, iniciada por su propio padre, don Pedro José Pidal y Carniado, I marqués de Pidal, (1799-1865), consolidando una saga familiar que marcaría el devenir de la política nacional y asturiana durante décadas.
La Meca de Somió: el refugio estival de los Pidal

Desde 1860, el matrimonio fijó parte de su pulso vital en Asturias a través de su mítica posesión en El Pisón de Somió (Gijón): una inmensa finca de más de diez hectáreas conocida popularmente como La Meca. Este vergel —que lindaba con el arroyo del Pisón, contaba con capilla propia dedicada a la Virgen de la Pera, cuadras, panera, lagar y sus propias fuentes (La Fuentona y La Fuentina)— se convirtió en el hogar estival de una familia extraordinariamente prolífica.
De la unión entre Alejandro e Ignacia nacieron quince hijos, de los cuales trece llegaron a la edad adulta:
- Pedro, el primogénito y futuro marqués de Villaviciosa de Asturias, pionero del montañismo español que fue el primer alpinista que escaló el Naranjo de Bulnes junto con Gregorio Martínez e impulsó la creación del Parque Nacional de Covadonga.
- María de la Concepción y Rosario, que eligieron la vida claustral como religiosas dominicas.
- José (casado con doña Pilar Álvarez Victorero), Manuel (casado con doña María Toro), Ignacio (casado con doña Ángela Sancho Contreras) y Roque (este último casado con una pariente de su misma estirpe, Concepción Bernaldo de Quirós).
- Carmen (casada con Fernando Sánchez Arjona), Dolores, Asunción, Consuelo (que también profesaría como religiosa salesa), Amparo (casada con Tomás de Liniers) y Mercedes.
Más allá de sus dimensiones, la importancia de la Quinta Pidal radicaba en su compleja infraestructura logística: la finca disponía de personal de servicio (cocinera, pinche, asistentes, chófer, jardinero y administrador) y una casería propia para los caseros, permitiendo la titánica labor de albergar, dar cobijo y atender simultáneamente a hasta cincuenta personas bajo el mismo techo en los meses de verano. Por allí desfiló lo más selecto del país: se sabe que pernoctó el entonces príncipe don Juan Carlos de Borbón en su visita a las industrias de la familia, la duquesa de Alba (doña Cayetana Fitz-James Stuart, cuyo primer marido, Luis Martínez de Irujo y Artázcoz, era primo de la familia). Además de mantener una estrecha vinculación espiritual con su propia sobrina, la Madre Maravillas de Jesús Pidal y Chico de Guzmán (1891-1974) —canonizada como santa en 2003 e hija de don Luis Pidal y Mon, II marqués de Pidal—, quien fue una insigne restauradora y fundadora de numerosos monasterios de la orden de Carmelitas Descalzas.
Grandes enlaces de la saga y mecenazgo religioso

La vida de la familia Pidal y Bernaldo de Quirós estuvo salpicada de grandes acontecimientos públicos. Uno de los más recordados tuvo lugar en octubre de 1892 con motivo del matrimonio del primogénito, Pedro Pidal, con Jacqueline Guilhou en Mieres. Tal como recogió el Diario de Manila, la ceremonia reunió a una multitud de unas 1.500 personas congregadas para presenciar el acto, de las cuales cerca de 500 eran los convidados oficiales de la aristocracia y la política, y las restantes se componían de obreros y vecinos del pueblo en un despliegue festivo sin precedentes.
Por su parte, doña Ignacia siempre mantuvo un perfil presidido por la profunda devoción religiosa y la filantropía. En los archivos de prensa de la época figuran numerosos actos sufragados íntegramente por ella, como las solemnes rogativas por la paz celebradas en abril de 1898 en la madrileña parroquia de Santa Bárbara en plena crisis colonial, o su participación constante en suscripciones benéficas junto a toda su prole, tal como atestigua la donación colectiva de la familia para el convento de franciscanos de Consuegra en 1891.
El peso de la viudedad

Tras el fallecimiento de su esposo en octubre de 1913 —cuyo duelo congregó a las más altas instancias del Estado antes de ser trasladado al Panteón familiar de Covadonga—, doña Ignacia asumió con entereza el rol de matriarca en su domicilio de Madrid (situado en la calle Fernando el Santo 22 y posteriormente en Almagro).
En aquellos años su actividad estuvo marcada por la gestión de su patrimonio y por importantes operaciones de marcado carácter social. Un ejemplo notorio ocurrió en mayo de 1919, cuando ingresó en la cuenta corriente que tenía en la sucursal del Banco de España la cantidad de medio millón de pesetas, importe procedente de la venta de un gran latifundio forestal de una veintena de leguas (equivalente a un poco más de 100 kilómetros), conocido como «La Sierra del Duque» (en la comarca zamorana de Sanabria) a los vecinos de cincuenta pueblos rurales de la zona, facilitando su emancipación y autonomía productiva.
Más allá de la evidente transacción económica, esta operación refleja las profundas contradicciones de la España de la Restauración. Si bien la posesión de un latifundio de tales dimensiones evidenciaba el enorme poder territorial de la oligarquía aristocrática, la adquisición colectiva por parte de los vecinos supuso un hito de autogestión. Para los observadores de la época, ver a medio centenar de aldeas organizarse para rescatar los pastos de la Sierra Segundera y romper con la dependencia del régimen señorial representaba un modelo luminoso de emancipación comunitaria frente al dominio tradicional de la tierra, y doña Ignacia Bernaldo de Quirós lo había hecho posible.
Septiembre de 1920: El paréntesis de salud en Alzola

Años después de enviudar, doña Ignacia seguía protagonizando discretas crónicas sociales. Una de las más ilustrativas para recorrer la historia del Balneario de Alzola es la que llegó en septiembre de 1920, cuando la prensa nacional (El Universo, La Publicidad) consignaba el regreso de la viuda de Alejandro Pidal y sus hijas tras su estancia en el Balneario de Alzola. En una etapa madura de su vida, lejos del mundanal ruido de la Corte, la matriarca encontraba en las propiedades mineromedicinales de nuestra agua el refugio de salud y paz que caracterizaba los veraneos de la alta sociedad de la época.
La última familia propietaria del Cantar de mio Cid

En sus últimos años, retirada ya de la vida pública por su avanzada edad y su delicado estado de salud, doña Ignacia centró su existencia en el hogar, la oración y sus obras de caridad. Su fallecimiento en Madrid, el 14 de febrero de 1927, (creemos que, a los setenta y nueve años de edad, aunque la prensa de la época indicó a los ochenta y dos años), conmocionó a la sociedad madrileña y asturiana. Los diarios la despidieron unánimemente como una «dama de relevantes virtudes cristianas, dotada de grandes condiciones de inteligencia y de voluntad, consagrada a las buenas obras». Sus restos mortales fueron trasladados en el correo de Asturias hasta Covadonga para reposar eternamente junto a los de su esposo, presididos los funerales por representantes de la Casa Real y el obispo de Madrid-Alcalá. Con su desaparición se cerraba de forma definitiva otro gran capítulo de la familia el de haber sido los propietarios de la primera obra narrativa extensa de la literatura española en lengua romance y el ejemplo paradigmático y mejor conservado de la épica medieval castellana.
En la primavera de 1927, el valioso Cantar de mio Cid —el manuscrito original que el primer marqués de Pidal había comprado décadas atrás y que Alejandro Pidal había custodiado con celo— se encontraba en herencia proindiviso entre sus trece hijos. Extinto el plazo legal tras el fallecimiento de doña Ignacia, estalló la noticia nacional e internacional de que el códice único podía ser vendido por sus herederos, provocando un enorme revuelo intelectual (con plumas como la de Américo Castro advirtiendo en la prensa que se podría vender a manos extranjeras) hasta que el tesoro literario encontró su camino hacia la preservación pública.
Pensar en la figura de doña Ignacia Bernaldo de Quirós, ahora que conocemos algo más de su vida, en aquel septiembre de 1920 tomando las aguas en Alzola nos conecta con la última familia propietaria de una joya universal como el Cantar de mio Cid, pero también nos permite ver su participación en los profundos cambios socioeconómicos de su tiempo, vislumbrados en esa progresiva disolución de los grandes latifundios aristocráticos mediante la devolución de la tierra a las manos de los pueblos rurales. Descubrir quién fue realmente y qué hizo esta mujer, testigo y artífice del ocaso de una era, es precisamente lo que engrandece el valor de aquella modesta reseña periodística que hoy nos la devuelve descansando junto a sus hijas en nuestro balneario.
Detrás de cada botella de agua y de cada rincón de Alzola se esconden historias como esta, donde el agua termal se cruza con nombres rescatados de las hemerotecas que reflejan, al fin y al cabo, la vida de personas. Continuaremos poniendo rostro y sacando a la luz a quienes eligieron el agua de Alzola como cura y remanso de paz. ¡Te esperamos en la próxima entrega!





