La Fonda de Irazu en Alzola

22/06/2026
Fonda de Irazu
Anuncio de la Fonda de Irazu en el Diario oficial de avisos de Madrid (25-05-1880)

Durante el siglo XIX, la llegada del verano transformaba por completo el valle de Alzola. Entre el traqueteo de las diligencias y el rumor de la naturaleza, nuestro tranquilo rincón guipuzcoano se convertía en el epicentro del bienestar, atrayendo a una selecta concurrencia de bañistas que buscaban en sus acreditadas aguas termales el remedio a sus males y el descanso del espíritu. Nuestro balneario contó con varios hospedajes a lo largo de su historia; uno de ellos, queremos rescatarlo hoy gracias a las crónicas de la época: la Fonda de Irazu, que se consolidó como la auténtica hospedería de referencia para los visitantes de los baños gracias a la calidad de su servicio.

El saber hacer de don Miguel Irazu

Fonda de Irazu
Anuncio de la Fonda de Irazu en La Correspondencia de España (26-06-1881)

Para comprender el prestigio de esta fonda, es necesario viajar en el tiempo, cuando su dueño, don Miguel Irazu, un hombre que ya conocía a la perfección los exigentes gustos de la alta sociedad, y traía consigo una reputación impecable forjada tras años de éxito al frente del célebre Parador Real de San Sebastián (que permaneció en funcionamiento entre 1825 y 1863). Don Miguel decidió trasladar su saber hacer a Alzola.

En mayo de 1880, el Diario oficial de avisos de Madrid ya anunciaba que los señores bañistas encontrarían en Alzola el «esmerado servicio» que los dueños habían acreditado previamente. Para 1881, el establecimiento (que antes había pertenecido a la familia Atristain) se había consolidado por completo. Tal y como recogía La Correspondencia de España en junio de ese año:

«La posición magnífica que ocupa esta fonda a cargo de D. Miguel Irazu […] sus cómodas habitaciones, el esmerado trato que da a sus favorecedores y el cuidado que su dueño ha empleado para montar su establecimiento como los mejores de su clase, a cuyo efecto no ha economizado gasto alguno, hace que se vea favorecida por casi toda la numerosa clientela…»

Un hotel con una ubicación estratégica

Fonda de Irazu
Anuncio de la Fonda de Irazu en El Siglo futuro (19-06-1884)

Aunque el edificio no se encontraba en el mismo recinto donde brotan las aguas del manantial, ejercía su función de manera inseparable al complejo termal. La ubicación de la fonda era, sencillamente, estratégica. Se situaba justo a la cabeza del puente por donde cruzaban obligatoriamente todos los carruajes y diligencias que se dirigían hacia Deba y Mutriku desde el interior, y viceversa. Era el primer refugio, la primera sonrisa y el primer plato caliente que recibía al viajero tras extenuantes jornadas de camino.

Quien se alojaba allí disfrutaba de un entorno idílico:

  • Espaciosas habitaciones con vistas directas al río Deva, cuyas aguas pasaban «lamiendo el edificio».
  • Una sombría alameda a las espaldas de la fonda, ideal para el descanso.
  • Una verde pradera y una extensa huerta que abastecía su excelente cocina.
  • Todo ello, con un servicio doméstico inmejorable y a «precios sumamente arreglados».

La crónica de «Mefistófeles» en el verano de 1884

Fonda de Irazu
Recorte de la crónica escrita por Ramón de Navarrete en El Correo (23-07-1884)

El éxito de la fonda no tardó en traspasar las fronteras de Guipúzcoa. En julio de 1884, el célebre cronista de sociedad Ramón de Navarrete, conocido en los salones y en la prensa madrileña, firmaba bajo el seudónimo de «Mefistófeles» en el periódico El Correo.

Tras un viaje que describe como caluroso, polvoriento y a bordo de unos carruajes incómodos donde la gente iba «embanastada como sardinas», el escritor llegó a Alzola a las tres y media de la tarde a bordo del correo de Lekeitio. Al cruzar el umbral de la Fonda de Irazu, fronteriza al establecimiento termal, el cansancio desapareció.

El cronista elogia la gestión del hotel, capitaneada por un carismático triunvirato familiar: dos hermanas y una prima. Ellas constituían la «trinidad directora» de una casa hospitalaria por excelencia, donde los huéspedes eran recibidos con verdadero cariño, una mesa abundante y un confort impecable.

El perfil de los bañistas: aristocracia y burguesía

Fonda de Irazu
Recorte de la crónica escrita por Ramón de Navarrete en El Correo (23-07-1884)

El ambiente en la fonda era un fiel reflejo de la alta sociedad de la época. Aunque aquel año los veraneantes madrileños escaseaban —entre ellos se encontraban el vizconde y la vizcondesa del Cerro de las Palmas, el señor D. Miguel Alegre y el doctor Mata—, la fonda estaba inundada por la burguesía bilbaína.

Mefistófeles describe con gracia la vida social del lugar, personificada en un joven bilbaíno que era el «bout en train» (el alma de la fiesta) de la comunidad: tan pronto remaba en el río, como jugaba al tresillo con los curas locales, cortejaba a las damas o se daba golpes de pecho en la misa.

El ritmo de la vida termal en Alzola

Fonda de Irazu
Anuncio de la Fonda de Irazu en La Época (20-06-1884)

La vida en los baños de Alzola combinaba el cuidado de la salud con un ritmo pausado de ocio y desconexión. Los recreos de los huéspedes de la Fonda de Irazu se reducían a:

  • Partidas de tresillo y dominó.
  • Conciertos de piano en los salones.
  • Bailes en el cercano y pomposamente llamado Hotel del Boulevard.
  • Excursiones a Deba, un destino que en agosto se convertía en el punto de encuentro predilecto de los bañistas de Alzola para sumergirse en su playa y visitar los espectaculares jardines y colecciones de las villas aristocráticas de la costa.

Aunque no conservamos fotografías de sus salones o de su fachada junto al río, las letras impresas de la prensa del siglo XIX custodian el espíritu de la Fonda de Irazu.

Hoy, al rescatar esos recortes y las palabras de aquellos testigos de excepción, los muros invisibles de la Fonda de Irazu vuelven a levantarse como epicentro de la hospitalidad. Nos invitan a escuchar de nuevo el crujir de las maderas, el chocar de las copas en el comedor, la risa de los veraneantes bajo la alameda y el discurrir del río Deba que, hoy como ayer, sigue custodiando los secretos de la edad de oro del Balneario de Alzola.

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