El Farol del Pecado: Un relato terrorífico a orillas del Deva
29/10/2024
En septiembre de 1893, tras su estancia en el Balneario de Alzola, Víctor Balaguer escribió una serie de cartas dirigidas a Emma de Madrazo, quien también había pasado aquel verano en nuestra casa de baños. Como parte de aquellas misivas se encontraba la leyenda de “El Farol del Pecado”. Esta historia, ambientada en el Convento de San Francisco de Sasiola (aunque Balaguer escribió Salsiola) y la torre de la casa señorial de Orizábal.

El texto fue publicado en el número 92 de la “Revista contemporánea” en octubre de 1893, en el número 621 de la revista “Ilustración artística” en noviembre de 1893 y posteriormente apareció en 1894 en el libro «Añoranzas». Podéis leer más sobre estas cartas del escritor en: Víctor Balaguer y Emma de Madrazo, una posible historia de amor en el Balneario de Alzola.
Historia del Convento de San Francisco de Sasiola de Deba

El Convento de San Francisco de Sasiola, ubicado en la pintoresca localidad de Deba, en Guipúzcoa, es un testimonio vivo de la rica historia religiosa y cultural del País Vasco. Sus orígenes se remontan a principios del siglo XVI, cuando, tras superar diversas trabas burocráticas, un grupo de franciscanos logró establecerse en este enclave gracias a la generosidad de Juan Pérez de Licona (1430–1517) y María Ibáñez de Sasiola (1445-?), que el 3 de julio de 1503 habían donado los terrenos cercanos al astillero de Sasiola para la construcción del convento.

La elección de Sasiola no fue casual. Su estratégica ubicación, junto al río Deva y en las inmediaciones del Camino de Santiago, lo convertía en un lugar ideal para la evangelización y la asistencia a peregrinos. Sin embargo, a pesar de que el Convento de San Francisco de Sasiola se convirtió en el segundo santuario de Guipúzcoa, tras el de Aránzazu, la historia del convento estuvo marcada desde sus inicios por la convulsión política y social.

Durante la Guerra de las Comunidades (1520-1522), el convento se convirtió en un refugio para los líderes comuneros guipuzcoanos, quienes encontraron en sus muros un espacio seguro para organizar la resistencia. A lo largo de los siglos, el convento de Sasiola fue un referente religioso y cultural para Guipúzcoa. Numerosas personalidades, como el célebre marino Juan Sebastián Elcano (c. 1486-1526), que dejó en su testamento, en 1526, 10 ducados de oro de renta al convento, contribuyendo a su enriquecimiento y prestigio.

El primer cierre del convento en 1809 por orden de José Napoleón (1768-1844), la I Guerra Carlista (1833-1840) y las leyes de desamortización de Mendizábal de 1835, marcaron el inicio de su declive. A pesar de los esfuerzos de los franciscanos por mantener vivo el convento, los avatares de la historia resultaron demasiado feroces. En 1840, el convento de San Francisco de Sasiola fue definitivamente clausurado, poniendo fin a siglos de historia. Cuando Víctor Balaguer llegó en agosto de 1893, esto es lo que describe literalmente:
La leyenda debarra de “El Farol del Pecado” por Víctor Balaguer

Nuestros compañeros de viaje apremiaban, y dimos la vuelta para el Balneario de Alzola, pasando otra vez por aquellas orillas que, si son encantadoras llenas de color, de luz y de vida, a la hora del sol, no lo son menos ciertamente a la hora del crepúsculo vespertino, cuando avanzan las sombras de la noche y se llenan aquellos bosques de misterios y aquellas hondonadas de visiones. La luna enviaba un rayo de moribunda luz a aquellas soledades de nunca turbado silencio hasta que vino a romperlo el silbato de la locomotora, que, silbando y rugiendo, pasó por junto a nosotros como alma que lleva el diablo, envuelta en nubes de humo y de fuego.

Junto a Salsiola nos enseñaron un monasterio abandonado y en ruina, que proyectaba su descarnada silueta a la luz de la luna, por entre los árboles. Es un sitio romántico, allá en lo profundo, a orillas del río, lugar triste y solitario, rodeado de sombras y misterios, al que la obscuridad de la noche daba más atractivo y más carácter.
– Es un sitio adrede para leyendas, dije. Por fuerza debe tenerla.
Y la tiene, según luego me la contaron. Por cierto, que no es una de esas leyendas ñoñas y sin miga, como tantas otras. No: tiene vida, tiene color, tiene luz, tiene drama, con algo de la de Hero y Leandro en sus comienzos, y con mucho de Dante en sus finales.

Voy a narrársela a V… si acierto, que lo dudo. Para contar, para referir esta leyenda, que yo titularía el farol del pecado, si me atreviese a escribirla, se necesitaría algo de aquel quid que pocos tienen… y que también es conveniente que tengan pocos.
No pudiendo, pues, hacerlo como quisiera, me limitaré a contársela a V. como sepa y puedo, breve y sencillamente, para que, a falta de mayor mérito, tenga el de su sobriedad, al menos.
Comenzaremos por titularla El farol del pecado. Ya que no se escribe como debiera, conviene nominarla, que en el título, o yo me engaño mucho, está lo más señalado.

En el monasterio de Salsiola, y en época de su esplendor, vivía un monje que andaba siempre solo y retraído. Había sido en el mundo noble hidalgo, capitán de caballos intrépido y gallardo, galanteador afortunado. Cuitas de amores o reveses de fortuna le llevaron a buscar la paz del claustro, que no halló por cierto en el solitario monasterio. La frialdad del hábito no apagó las pasiones que en él ardían. La soledad, el rezo, la penitencia, no fueron flagelación, sino yesca de pecado y espuela de apetito para su alma, que cuanto más opresa se hallaba, más salteada se sentía por ansias de lanzarse a mayores y más arrebatados vuelos.

No hay que averiguar cómo principiaron sus amores con la dama de Orizábal.
Desde las ventanas de su celda veía a lo lejos la torre cuadrada de la casa señorial donde moraba su amada.
Sólo muy de tarde en tarde podían verse y hablarse los dos amantes, y siempre en el secreto de la noche, rodeados de tinieblas y peligros; que era el marido de la dama tan celoso de su mujer, como guardador de su honra.
Cuando el señor de Orizábal se ausentaba de su casa, empujado por sus goces o requerido por deberes, la dama encendía un farol en lo alto de la torre, señuelo pecador que llamaba al monje, atrayéndole a clandestinas y adúlteras citas.

Por las noches en que el farol aparecía en la almena de la torre cuadrada, el monje, sosegado el convento, salía misteriosamente de su celda, y, encelado, a oscuras y a tientas como quien va a hurto de amores, sin otra luz que aquella que en su corazón ardía, remontaba la pedregosa orilla del Deva hasta alcanzar un sitio donde era fácil vadear el río, a la otra banda del cual se alzaba la casa de Orizábal. Muchas noches ocurría tener que pasar el río a nado; y sólo salvándole de esta suerte, era como llegaba a los brazos de la dama de Orizábal, lo mismo precisamente que Leandro a los de su Hero.

Cierta noche, y a hora desacostumbrada, apareció el farol del pecado llamando al monje. No esperaba éste la cita. Túvola dos noches antes, y no era de creer que el señor de Orizábal, llegado precisamente el día anterior, hubiese vuelto a marchar al siguiente; pero, aunque extrañado, y con la alarma del recelo, acudió con presura. Salió del monasterio, furtivamente como siempre, cuidando de no turbar el sosiego de la santa casa; escaló las rocas; se deslizó por entre los peñascales con peligrosas prisas que eran diligencias de su ansiedad.

Y, viendo brillar el farol con luz amorosa, luz que hubo de parecerle más viva que nunca, tan viva cual pudiera ser la de su deseo, vadeó sin dificultad el río, que aquella noche no venía crecido, como si quisiera facilitarle el paso, y llegó a la contraria orilla. Pero no acudió a recibirle allí su amada, solícita y diligente como las demás noches. Quien estaba allí, era el esposo ofendido al frente de un grupo de asalariados servidores, los cuales cayeron sobre el monje sin ventura, cortándole a cercén la cabeza, que entregaron a su señor, y despidiendo por las peñas el descabezado tronco.

Dueño ya de aquel sangriento trofeo, el señor de Orizábal fuese sosegadamente para su esposa, que a recaudo tenía desde que hubo descubierto el misterio de sus amores y la clave de sus citas; y dando orden para maniatarla, prendió a su cinto, a guisa de escarcela, la cabeza del amante, y mandó en seguida que mujer y cabeza se depositaran en el lecho, que fue tálamo de su adulterio, y se emparedasen en la torre, que fue sepulcro de su honra. En seguida abandonó para siempre aquella casa, cuyo sitio y cuyas ruinas aún conservan hoy el nombre de Torre de la emparedada.
Así acabaron aquellos amores, y así los tristes amantes.

Pero aún vive el monje descabezado; aún vive, ya que no por misericordia, por milagro de Dios. Se cuenta que de entonces acá, todas las noches, promediada la media, que es la hora del castigo, así en aquellas noches de tranquilidad y luna como en aquellas de obscuridad y tormenta, todas, sin faltar una sola, se ve vagar al monje por las orillas del Deva, vestido con su hábito penitente, pero descabezado y llevando en la diestra el mismo farol de la torre que le llamaba a sus criminosas citas, condenado por voluntad divina a no tener paz ni reposo en su sepulcro hasta encontrar su cabeza, que eternamente busca, eternamente en vano, alumbrando siempre sus pasos y pesquisas con el farol del pecado.
Y esta es la leyenda del monje de Salsiola, mi amiga Emma. Esta es; y ya con ella doy fin a esta segunda y larga carta, que ha debido hallar difusa y somnífera, sin duda. Dichosa ella, y más yo, señora mía, si por suerte no comunicó a V. el sueño que al mío robé yo para escribirla.
FIN DE ORILLAS DEL DEVA
El relato de Víctor Balaguer

En este relato de Víctor Balaguer, «El farol del pecado», es una muestra perfecta del romanticismo oscuro y lleno de misterio que caracterizó a la literatura del siglo XIX. El relato presenta elementos característicos del gótico como escenarios misteriosos (un monasterio en ruinas, un río oscuro), personajes atormentados (el monje penitente), y sucesos sobrenaturales (el monje descabezado).
La historia gira en torno a una pasión prohibida que lleva a la tragedia. El farol se convierte en un símbolo de tentación y pecado, guiando al monje a su destino fatal. El final trágico del monje sugiere una visión moralizante, donde el pecado es castigado y el alma es condenada a vagar eternamente. Víctor Balaguer utiliza un lenguaje rico en descripciones y metáforas, creando una atmósfera evocadora y llena de simbolismo, que quedará por siempre ligado a estas tierras.




