Aguadores y vendedores de agua: historia de un oficio milenario

07/05/2025

El oficio de vendedor de agua, o aguador, fue esencial en las civilizaciones de todo el mundo. Estos profesionales ambulantes recorrían calles, mercados y plazas, suministrando agua fresca en cántaros, odres o jarras a quienes carecían de acceso directo al agua potable.

Aguador vs. vendedor de agua

Gente de Egipto. Lance Thackeray (1916)

En la antigüedad y hasta épocas modernas existieron dos funciones principales relacionadas con el suministro de agua. Aunque a menudo se utilicen como sinónimos, los términos «aguador» y «vendedor de agua» remiten a funciones distintas. Esta diferenciación no solo ayuda a comprender mejor el papel de estas figuras en la historia urbana, sino también a valorar su impacto en la vida cotidiana de la población.

Comerciante de agua francés fotografiado en Pornic por E. Pigeard (s. XX)
  • El aguador o aguadora era una figura clave en el abastecimiento doméstico. Su labor consistía en recoger agua de fuentes públicas, pozos o acueductos y transportarla hasta los hogares. Lo hacía en grandes recipientes como cántaros, odres o barriles, a menudo cargados sobre animales, carros o sobre su propio cuerpo. En muchas ciudades formaban parte de un oficio reglado y, en algunos casos, organizado en gremios con derechos y obligaciones. Su función era utilitaria, constante y reconocida socialmente: eran quienes garantizaban el suministro diario de agua, principalmente para uso doméstico (cocinar, limpiar, lavar).
Vendedores de agua ambulantes (siglo XIX)
  • El vendedor o vendedora de agua desarrollaban su actividad de forma más ambulante y comercial. Vendían agua de manantiales o fuentes para el consumo inmediato, en mercados, calles o ferias. Solían llevar pequeñas vasijas o jarras con las que servían vasos de agua directamente al público. En ocasiones ofrecían agua enfriada con nieve, aromatizada o procedente de manantiales reputados por su pureza. Su clientela era variada: desde transeúntes y jornaleros hasta asistentes a espectáculos o peregrinos. Aunque también cumplían una función importante en contextos urbanos calurosos o muy poblados, su figura era más flexible, menos regulada y con frecuencia desarrollada por mujeres, niños o personas sin otra fuente de ingresos estables.

Recipientes curiosos

A lo largo de la historia, los vendedores y portadores de agua utilizaron recipientes adaptados a los materiales, tecnologías y costumbres de cada época: odres de piel, cántaros de cerámica, jarras de barro, botijos o barriles. Cada uno de estos objetos refleja no solo una necesidad práctica, sino también la creatividad y el entorno cultural en el que fueron concebidos.

Hidria o hydriai

Hidria o hydriai

En la Antigua Grecia, uno de los recipientes más emblemáticos era la hidria o hydriai, una vasija de cerámica que se caracterizaba por tener dos asas laterales para cargarla y una trasera para verter el agua con precisión. Su diseño era tan funcional como estético: las hidrias no solo se usaban en la vida cotidiana, también eran ofrendas funerarias o premios en concursos. Muchas estaban decoradas con escenas mitológicas, ceremoniales o de la vida diaria, convirtiéndolas en verdaderos documentos visuales de su tiempo.

El equipo del aguador parisino

Portadores de agua en París

Antes de la llegada del agua corriente a los hogares, los habitantes de París dependían de los aguadores, hombres robustos que recorrían la ciudad cargando agua desde pozos y fuentes públicas hasta las casas. Su equipo era sencillo pero ingenioso: dos cubos de madera, una correa de cuero y un aro de madera o metal. Los cubos se suspendían de los extremos de la correa, y el aro mantenía ambos recipientes a distancia del cuerpo, equilibrando la carga y facilitando el paso por calles estrechas y empedradas. Este sistema permitía transportar hasta 24 litros en cada viaje, una labor físicamente extenuante. La imagen del aguador, con su paso firme y su carga oscilante, se convirtió en parte del paisaje urbano parisino, símbolo de un oficio humilde pero esencial para la vida cotidiana antes de la modernidad.

Recipiente de kelp

Recipiente para transportar agua de los aborígenes de Tasmania (Australia)
Recipiente para transportar agua de los aborígenes de Tasmania (Australia)

En el otro extremo del mundo, en la isla de Tasmania, las mujeres pakana —pueblos aborígenes de la región— elaboraban recipientes de agua con algas marinas gigantes (Durvillaea potatorum). Flexible, impermeable y resistente, este recipiente se confeccionaba cosiendo tiras de alga seca y se llevaba colgado del hombro. Se usaba para transportar agua dulce o como cantimplora.

Modalidades de venta

Vendedor ambulante de agua
  • Venta ambulante: Los vendedores recorrían las calles, plazas y mercados ofreciendo su producto a los transeúntes, haciendo sonar campanillas, silbatos o pregones para anunciar su presencia y atraer a los clientes. Un viajero inglés en Marruecos, a principios del siglo XX, describía a un aguador ambulante que hacía tintinear su campanilla al grito de «’Likhass-hu ’l ma’! ’Likhass-hu ’l ma’!» (¡Para quien quiera agua!, ¡Para quien quiera agua!), repitiéndolo con urgencia, como si le fuera la vida en ello.
  • Puestos fijos: En grandes eventos, como ferias, o en mercados concurridos, algunos vendedores montaban puestos o carritos donde ofrecían agua fresca, a menudo procedente de manantiales o fuentes populares. En París, uno de los gritos más populares era: «La vie, la vie à un sou le petit verre!» (¡La vida, la vida a un centavo el vasito!), una frase que jugaba con la idea de que el agua daba vida a cambio de un precio simbólico.

Un oficio regulado

La Fuente de Lavapiés
«La Fuente de Lavapiés» según un grabado de Francisco Pradilla y Ortiz (c. 1870)

En muchas ciudades, existían normas municipales que obligaban a los aguadores a abastecerse únicamente de fuentes controladas, para prevenir enfermedades y contagios. Se designaban puntos oficiales —fuentes públicas, conduits o manantiales reconocidos por su calidad— donde debían rellenar sus recipientes. En Madrid, por ejemplo, la regulación del oficio de aguador fue especialmente rigurosa. Para ser aguador en 1874 no bastaba con cargar cántaros: hacía falta una licencia oficial con una chapita dorada numerada en el brazo derecho y tarjetas identificativas para repartir entre los vecinos. Se sabe que desde el siglo XV existía un gremio de aguadores regulado por el ayuntamiento de Madrid, que desapareció con la construcción del Canal de Isabel II a mediados del s. XIX.

Aguadores en Madrid siglo XIX
Aguadores de la Fuente de las Capuchinas de Madrid (c. 1868)

El acceso al oficio requería pagar 50 pesetas al solicitarlo y otras 25 cada semestre, además de presentar un certificado de buena conducta firmado por la autoridad local. Solo los aguadores con licencia podían llenar cubas en las fuentes públicas. Las tarifas estaban limitadas según la capacidad. Por ejemplo, una cuba diaria de 29 litros —de las llamadas de viaje— costaba 8 reales; la de carga, con 33 litros, 9 reales; y la de carga y media, de 48 litros, hasta 13 reales, sin importar en qué piso viviera el cliente ni la distancia a la fuente.

Los vendedores de agua a través de la historia

Un vendedor de agua. Suzuki Harunobu (1765)
Vendedor de agua. Suzuki Harunobu (1765)

Desde el Neolítico, las sociedades humanas se asentaron cerca de fuentes de agua y desarrollaron sofisticados sistemas de almacenamiento (cisternas, pozos, depósitos). El agua para beber ha sido históricamente gestionada como un derecho universal más que como una mercancía. El papel de porteadores y vendedores de agua surge en la intersección entre necesidad, movilidad y desigualdad de acceso. Sin embargo, en muchas culturas su figura no era la de un comerciante, sino la de un mediador que facilitaba el derecho básico al agua.

Antigüedad (3000 a.C. – 500 d.C.)

Imperio Romano:

Aquarii (aguadores romanos)
Imagen generada con IA a partir de un fresco encontrado en Pompeya de una vendedora de agua y un viajero

Aunque en el Imperio Romano ya existían acueductos que abastecían fuentes públicas y termas, en barrios alejados o de menor poder adquisitivo, los aquarii (aguadores romanos) transportaban y vendían agua en la antigua Roma, especialmente a hogares o talleres que no estaban conectados a las conducciones privadas (castella) del acueducto. En la Roma republicana, estos trabajadores eran a menudo esclavos o libertos encargados de abastecer especialmente los baños femeninos. A estos se les llamaba en diminutivo aquarioli, y su estatus social era muy bajo. Su labor era clave en áreas suburbanas y en viviendas de menor rango social.

Edad Media (siglo V – XV)

Europa medieval:

Azacán (aguador) en la Edad Media
Azacán (aguador). Grabado de Christoph Weiditz (c. 1530)

Con el declive de las infraestructuras romanas, el acceso al agua en la Edad Media volvió a depender de fuentes naturales y pozos. Surgieron los aguadores y vendedores de agua, que recogían agua de fuentes públicas y la vendían en cántaros a las familias que no podían acudir personalmente.

Mundo islámico:

Vendedor de agua árabe

En las ciudades del mundo árabe, como Bagdad, Damasco o El Cairo, existían los saqqā (aguadores), quienes llevaban odres de piel de cabra llenos de agua potable y la vendían en mercados y calles. Su labor era fundamental en regiones desérticas y calurosas. Su derivado hispánico assaqqá dio lugar al castellano azacán que veremos más adelante.

Renacimiento y Barroco (1500 – 1700)

América colonial:

Aguadores mexicanos
Aguadores en la ciudad de Guadalajara, México. Fotografía de Jose María Lupercio

Con la colonización europea de América, el oficio de vendedor de agua se extendió a las nuevas ciudades fundadas en el Nuevo Mundo. En Lima, Ciudad de México o Buenos Aires, los llamados “aguateros”, recogían agua de pozos o fuentes públicas y la transportaban en cántaros, barriles o toneles —a veces a pie y otras mediante carretas tiradas por animales— para distribuirla a hogares, conventos y comercios.

Europa:

El vendedor de agua de Sevilla de Diego Velázquez
El vendedor de agua de Sevilla de Diego Velázquez (c. 1620)

Aunque en esta época hubo avances en fuentes públicas y canalizaciones heredadas del mundo romano, el acceso directo al agua en los hogares seguía reservado a las élites. Las clases bajas dependían de aguadores o vendedores ambulantes, especialmente en grandes ciudades como París, Londres o Madrid. En esta última, durante el Siglo de Oro, los aguadores eran una figura habitual de las calles, reconocibles por sus cántaros de barro y sus pregones. La presencia de los aguadores en el paisaje urbano era tan común que aparecen retratados por artistas como Velázquez y Francisco de Goya. Más adelante, la literatura costumbrista del siglo XVIII, como los sainetes de Ramón de la Cruz, continuó reflejando su presencia en las calles como parte integral del día a día.

Revolución Industrial (Siglo XVIII – XIX)

Vendedor de agua británico siglo XIX
Vendedor de agua en Cheapside, fotografiado por Paul Martin (1893)

Con el crecimiento de las ciudades debido a la industrialización, aumentó la demanda de agua potable. Los vendedores de agua seguían siendo indispensables en barrios obreros donde no llegaba el agua canalizada. Muchas ciudades comenzaron a regular el trabajo de los vendedores de agua para evitar la propagación de enfermedades. En algunos casos, se establecieron fuentes públicas específicas para que los vendedores se abastecieran de un agua potable en concreto. A finales del siglo XIX, con la construcción de modernos sistemas de abastecimiento de agua potable y redes de distribución, el oficio de vendedor de agua ambulante empezó a desaparecer en Europa y América del Norte.

Declive del oficio (Siglo XX – XXI)

Aguadores y porteadores

En las primeras décadas del siglo XX, la expansión de las redes de agua potable hizo que el oficio de vendedor de agua se extinguiera casi por completo en países industrializados. Sin embargo, en algunas zonas rurales y en países en vías de desarrollo, continuaron existiendo vendedores de agua que abastecían comunidades sin acceso a agua potable. De hecho, nuestra embajadora, aún pudo ver aguadores en el Zoco Al-Hamidiyah de Damasco en 2003. Hoy, desde Alzola Basque Water, seguimos distribuyendo y vendiendo agua, aunque en cantidades mucho mayores que un simple sorbo, pero con el mismo espíritu de servicio y conexión con el agua que caracterizaba a los aguadores de antaño, llevando el agua de los manantiales a aquellos que más lo necesitan.

Curiosidades históricas

Aguadores mexicanos siglo XIX
Tres hombres con grandes tinajas de agua a la espalda en México (1898)
  • En México, el oficio de aguador fue tan popular que se convirtió en un icono de la cultura popular. Incluso existía la llamada “voz del aguador” (“¡Agua fresca y buena!”).
  • En Argentina y Uruguay, los aguateros a caballo o en carretas fueron personajes habituales hasta principios del siglo XX.
  • En el mundo árabe, algunos saqqā continuaron trabajando hasta mediados del siglo XX, especialmente en ciudades con climas desérticos como Marrakech o El Cairo. En Marruecos se conocen con el nombre de guerab, guerrabas o tagarrabt vestían una túnica roja o djellaba y sombrero ornamentado con borlas, cargaban en su espalda una qirba (saco de piel) y ofrecían agua con cántaros de latón.

Términos relacionados con el oficio del agua

A lo largo del tiempo y según el lugar, se utilizaron distintas palabras para designar tanto a quienes distribuían agua como a los medios o estructuras asociados a esta actividad. Algunos de los términos más representativos relacionados con el oficio del agua son:

Aguatero o aguatera

Aguateros sudamericanos siglo XIX

Variante de aguador, muy usada en Hispanoamérica, especialmente en Argentina, Uruguay y Paraguay, para referirse a quien transportaba y vendía agua, generalmente desde fuentes públicas hasta las casas, cuando el suministro doméstico no estaba generalizado.

Azacán

El Azacán
El Azacán. Casiano Alguacil Blázquez. Toledo (c. 1885)

Término de origen árabe (sāqī, que significa “el que da de beber”) utilizado sobre todo en algunas ciudades españolas con fuerte legado andalusí, como Zaragoza, Granada o Toledo. En la España medieval (s. X–XV), los azacanes portaban el agua con animales o carretillas y era habitual verles llevando burras cargadas con cántaros grandes. La labor era dura y poco remunerada, lo que hizo que el término también se utilizara de forma figurada para describir a alguien que realiza trabajos pesados y humildes.

Aguaducho

Aguaduchos

Un aguaducho era un pequeño puesto o quiosco, generalmente de construcción ligera y desmontable, donde se vendía agua y, a menudo, otras bebidas refrescantes como limonadas o horchatas. Los aguaduchos se multiplicaron sobre todo a partir del siglo XVIII en las plazas mayores, mercados y calles transitadas de las ciudades.

Saqqā

Saqqā

El término saqqā (سقّا) deriva del verbo árabe saqā, “dar de beber”, y designaba al aguador público encargado de llevar agua potable desde pozos, cisternas o fuentes hasta calles, mercados, mezquitas y hogares en las ciudades islámicas. Desde los primeros siglos del Islam, repartir agua era considerado una obra piadosa (sadaqa), pues el agua se entendía como un don de Dios y saciar la sed del prójimo tenía un gran valor espiritual. Tradicionalmente, los saqqā transportaban el agua en odres de piel de cabra, cántaros de barro o cobre e incluso ofrecían tragos directos a los transeúntes con pequeños vasos metálicos.

Tankard Bearers

Aguador búlgaro y Tankard Bearer

El portador de agua de Londres, por ejemplo, era el encargado de suministrar agua desde las fuentes o depósitos a los habitantes de la ciudad. Durante la época medieval y Tudor, Londres dependía de los llamados «Conduits». Los “Tankard Bearers” (portadores de jarras) transportaban agua en jarras desde fuentes naturales fuera de la ciudad hasta puntos estratégicos dentro de ella. The Company of Water-Tankard Bearers (La Compañía de porteadores de jarras de agua”) llegó a contar con unos 4 000 miembros a finales del s. XVI.

El papel de la mujer aguadora

Aguadoras vascas (s. XIX)


Desde tiempos inmemoriales, el agua ha marcado el pulso de la vida cotidiana, y han sido las mujeres quienes, jarras en mano, han recorrido senderos y callejuelas llevando en equilibrio sobre su cuerpo el bien más preciado. En los relatos bíblicos, son ellas —Rebeca, Raquel o Séfora— quienes aparecen junto al pozo, no solo abasteciendo a sus hogares sino también como símbolo de hospitalidad, encuentro y alianza.

Antigua Grecia

Portadora de agua en un olivar. Henryk Siemiradzki (s. XIX)
Portadora de agua en un olivar. Henryk Siemiradzki (s. XIX)


En la tradición griega, las náyades eran espíritus femeninos que habitaban fuentes y manantiales, perpetuando la idea ancestral de que el agua dulce tiene alma de mujer. Estas imágenes no son solo poesía antigua: reflejan una verdad social aún vigente en muchas partes del mundo.

África y Asia

Aguadoras en el Ganges. Edwin Lord Weeks (siglo XX)
Aguadoras en el Ganges. Edwin Lord Weeks (principios del siglo XX)


En África subsahariana y el sur de Asia, hoy siguen siendo las mujeres y las niñas quienes cargan el peso del agua —literalmente— sobre sus espaldas y cabezas. Caminan kilómetros hasta pozos o ríos, muchas veces dos o tres veces al día, condicionando su educación y su libertad. No se trata solo de una tarea doméstica, sino de un sistema que define el rol de género y determina el acceso a derechos básicos.

América

Aguadoras apaches


En las culturas indígenas de Norteamérica, el papel fue distinto, pero igual de crucial. Las mujeres eran las guardianas del agua: protectoras espirituales y custodias de un saber transmitido oralmente durante generaciones. Participaban en ceremonias, exigían respeto por los cursos de agua, ya que cualquier abuso era considerado una forma de violencia que también les afectaba a ellas.

Venecia

Aguadoras venecianas (s. XIX)


En Europa, en ciudades como Venecia, las bigolanti recorrían las calles con dos cubos de agua colgados de un palo curvo —el bigolo—, ofreciendo su contenido por un bezzo (antigua moneda veneciana). Al grito de: “Assae dolce, e chiara co fa un spechio”Tan dulce y clara que hace de espejo—. El oficio estaba regulado: se pagaba licencia, se seguían horarios, se controlaba la calidad del agua y se abrían los pozos al son de una campana.

Vendedores de agua del siglo XIX

Quizá lo más revelador del oficio de aguador no sea solo su importancia práctica, sino el vínculo humano que encarna: la confianza depositada en quien porta el agua. Beber implicaba aceptar el gesto de otro, confiar en su ruta, su fuente, su intención. Hoy, en un mundo que confunde el agua mineral natural de manantial con aguas tratadas y desnaturalizadas que salen del grifo, la figura del aguador nos recuerda que el acceso al agua siempre ha sido una cuestión de dignidad, proximidad y cuidado mutuo.

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